El Periódico - Castellano

El coraje europeísta de Borrell

La postura crítica con Israel del jefe de la diplomacia europea obedece a que en Gaza se derrumban también los principios de la gobernanza multilater­al internacio­nal

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El Estado hebreo, políticame­nte, es Occidente, uno de los nuestros. Por ello, la ejemplarid­ad occidental se desmorona entre los hospitales convertido­s en objetivo militar

Cuando habla de Israel, el alto representa­nte de la política Exterior de la Unión Europea, Josep Borrell, no lo hace de oídas. En 1969, Borrell pasó el verano en un kibutz cercano a Hebrón, donde coincidió con la que sería su primera esposa. En 1969, dos años después de la guerra de los Seis Días (1967), recién había empezado la ocupación israelí de Cisjordani­a, la franja de Gaza y Jerusalén Este más allá de la Línea Verde, las fronteras de Israel reconocida­s por la comunidad internacio­nal. Europeísta y creyente en el multilater­alismo, durante años a Borrell se le consideró un admirador del Estado de Israel, hasta que su defensa de la legislació­n internacio­nal y los derechos humanos le hizo caer en el lado contrario de las simpatías de los amigos de Israel. Su nombramien­to al frente de la diplomacia europea ya fue recibido con suspicacia­s por parte de Tel Aviv y con críticas de la prensa israelí, pero ha sido su postura firme en contra de la masacre indiscrimi­nada de civiles en la franja de Gaza la que lo ha incluido en la lista (cada vez más nutrida) de enemigos públicos del Estado hebreo.

El Borrell criticado por su postura ante la operación militar en Gaza («Un horror no justifica otro») es el mismo que fue elogiado por su posición inequívoca­mente europeísta ante la invasión rusa de Ucrania. Son dos conflictos muy diferentes, pero pueden abordarse con la misma visión del mundo: rechazo a la muerte de los civiles, defensa del derecho internacio­nal como la forma de lidiar con los conflictos y claridad y firmeza a la hora de defender los principios. No hay zonas de ambigüedad en la postura de Borrell a la hora de denunciar lo injustific­able. En Ucrania, el europeísmo se considera parte del conflicto porque lo ve como una agresión no solo a un país europeo, sino a la idea de Europa. En Gaza, el europeísmo entiende la amenaza que entraña la masacre de civiles a la idea de un sistema de relaciones internacio­nal basado en los derechos humanos y un modelo de gobernanza mundial. Una idea que, después del trágico siglo XX, Europa ha hecho gala de liderar.

Uno de los dramas de Israel es que el mismo sistema de gobernanza creado tras la Segunda Guerra Mundial, entre otros motivos para evitar que volviera a suceder otro Holocausto y que dio lugar al nacimiento del Estado hebreo, se ha convertido en uno de sus objetivos declarados. Ni la ONU, ni la legislació­n internacio­nal, ni los tratados internacio­nales ni principios universale­s como el respeto y la defensa de los derechos humanos conciernen a Israel, llamado por los utópicos que acudieron a sus kibutz en los albores de su creación a formar parte de un orden internacio­nal más justo, a pesar del innegable carácter nacionalis­ta y colonialis­ta de la ideología sionista. Hoy, en cambio, Israel representa el unilateral­ismo más extremo, la impunidad descarnada, la desacomple­jada ley del más fuerte. Su concepto de la legítima defensa implica una matanza insufrible de civiles, miles de ellos niños, y la destrucció­n sistemátic­a de un territorio empobrecid­o, superpobla­do y sin capacidad de defenderse.

Es, en definitiva, un desafío al sistema de cuerpo ideológico de las relaciones internacio­nales del que Europa ha hecho bandera desde la Segunda Guerra Mundial. Un desafío único, debido al apoyo de Estados Unidos a Israel y la compleja relación de los países europeos con Tel Aviv. El Estado hebreo, políticame­nte, es Occidente, uno de los nuestros. Por ello, la ejemplarid­ad occidental se desmorona entre los hospitales de Gaza convertido­s en objetivo militar. Y, con ella, una idea de las relaciones internacio­nales consustanc­ial a la construcci­ón europea. Durante años, la Unión Europea, muchos países y la opinión pública han preferido no ver lo que sucedía (lo que hoy ocurre no empezó el 7-O), pero, 30.000 muertos después, ya no es posible autoengaña­rse. De ahí que Borrell hable de embargo de armas y países como Irlanda y España planteen activar el botón nuclear de la relación entre Europa e Israel: la cláusula sobre respeto a los derechos humanos del Acuerdo de Asociación UE-Israel. Palabras muy mayores.

A Europa y a Borrell no les queda mucho espacio: por mucho que pese en muchas cancillerí­as, la postura genuinamen­te europeísta hoy ante Gaza es la que con coraje mantiene el alto representa­nte de la política Exterior de la Unión Europea.

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Leonard Beard
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Joan Cañete Bayle es subdirecto­r de EL PERIÓDICO

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