El Periódico - Castellano

Barcelona (y la vida) sin móvil

- Miqui Otero es escritor

Son días para reflexiona­r sobre esa afortunada frase de Gonzalo Suárez: «Echo de menos los tiempos en que solo los asesinos tenían un móvil».

Pienso en la ocurrencia del escritor y cineasta mientras paseo por la Barcelona del Mobile World Congress. Si la feria trae el futuro (y dicen que eso es lo que hace: pantallas de ordenador transparen­tes, anillos que controlan tu salud, coches voladores), cabría deducir que el futuro que nos espera es lo que vivimos estos días en la ciudad. Esto es, más posibilida­des de avistar un ovni con luces arco iris que un taxi en verde, colas de espera en las terrazas similares a las de la sanidad pública, reuniones de adultos con traje y mochila escolar hablando un inglés de futbolista en zona mixta y un aire como de aldea global: al llevar todos colgada la acreditaci­ón con su nombre, uno podría ir saludándol­os. «Hey, Donald», «Hola, Quiang», «Hans, querido, tal dia farà un any».

Paseaba estos días por Barcelona y tramaba un plan. Hacerles creer, en una especie de operación Goodbye Lenin, que en esta ciudad no se usa teléfono móvil.

Cuando hacíamos otras cosas

Habría que contar todos esos lugares y momentos en los que hacíamos otras cosas. La espera al cambio de rojo a verde en el semáforo, esos 60 segundos que ahora sirven para refrescar X dos veces o para ver unos ocho vídeos de TikTok, por ejemplo, y que antes se solían emplear para mirar al cielo a ver qué tal día hacía o incluso para pensar en qué hacer de cena o en qué hacer, en general, con tu vida. Esas salas de espera, de la del dentista a la del Inem, donde había hasta revistas de papel y donde ahora se aprovecha para ver un capítulo de una serie. Los trayectos en metro y bus, que si bien sabemos que se acortan si uno lee una novela chula, ahora se eternizan espiando stories de Instagram. De hecho, la última vez que vi a alguien con una novela en el banco de un parque casi llamo a la policía. «¡Qué tramas, pervertido!», musité.

Y, por supuesto, donde más echo en falta ver a gente leyendo es precisamen­te en el lugar donde parecería paradójico hacerlo: en tiendas de telefonía móvil, especialme­nte si son de Apple.

En todos estos sitios podríamos fingir que volvemos a pensar o a leer o a charlar. Pero voy más allá: animaría a hacerlo también en sitios privados. La prueba de fuego es que intentéis entrar sin móvil en vuestro cuarto de baño. Los ingleses, cuyo excusado es casi como un castillo medieval, tienen ahí hasta estantería­s con ese subgénero editorial magnífico: toilet books. Libros pensados para amenizar la operación que tu organismo te ha encargado. Todo eso arruinado por el hecho de que ahora se entra para chequear el mail y dar cuatro likes aleatorios a vídeos tan graciosos que podrían hacerte llorar y romperte.

Así que voy a repoblar mi baño para dar ejemplo. Ya he vuelto a colocar ahí tres revistas Mojo, un par de suplemento­s de economía de hace seis meses, un cómic de Modesty Blaise, The Giant Book of Insults y mi querido Palabras con historia. Etimología razonada y anecdótica de palabras con origen curioso, de Gregorio Doval. Incluso ya lo he probado hace un rato: «Originalme­nte, el lavabo era la toalla húmeda con que el sacerdote se lava las manos durante la Eucaristía. Del versículo sexto del salmo XXV: lavabo inter innocentes manus meas (lavaré mis manos entre los inocentes)». Manus meas, nada menos. Hacedme caso, Quian, Hans, Donald: el futuro son los baños sin wifi.

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Miqui Otero

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