El Periódico - Castellano

La capital de la bronca

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Es un chiste tan viejo que debería estar descatalog­ado, pero hay gente empeñada en mantener su vigencia. «¿Para qué perder el tiempo en debatir algo si lo podemos resolver a hostias?». La versión original del chascarril­lo situaba tan sesudo análisis en una conversaci­ón entre vascos, pero me temo que la mancha de aceite se ha extendido, con Madrid como principal caja de resonancia.

Porque ese Madrid, donde la presidenta Ayuso y el alcalde Almeida le han cogido gusto al deje macarra en sus invectivas contra la izquierda, no admite debates. Leña al mono. El último ejemplo lo tenemos con el comentario de Yolanda Díaz sobre si es sensato tener restaurant­es abiertos de madrugada. Y ya no tanto porque fuera una propuesta confusa, que ella misma tuvo que matizar, sino porque la reacción del PP madrileño resultó tan desmesurad­a que tapona cualquier atisbo de discusión racional. El «antes se cierra Sumar que un restaurant­e en Madrid» o un tuit de la propia Ayuso, «nos quieren puritanos, materialis­tas, socialista­s, sin alma, sin luz y sin restaurant­es» certifican que el diálogo es una utopía.

Claro que ese ardor guerrero en pro de las cenas tardías es poca cosa si lo comparamos con la catarata de insultos lanzados a propósito del caso Koldo. Por no hablar de la amnistía. Ahora mismo, el ambiente en Madrid recuerda a los últimos años de Felipe en el Gobierno. El «¡váyase, señor González!» ha mutado en «¡deroguemos el sanchismo!», pero es la misma guerra. Y con el mismo ejército: una derecha echada al monte –hoy con Vox más al monte que nunca–, un sector de la judicatura maniobrand­o sin complejos, los grandes poderes económicos inclinados hacia donde siempre y un ejército mediático que, prietas las filas, sigue la consigna lanzada por Aznar: «el que pueda, que haga». El mismo Aznar, por cierto, que hace 20 años se ganó pasar a la historia como el gran mentiroso del 11-M. El otro día me preguntaro­n si sabría decir de dónde surge tanta polarizaci­ón. Pues creo que en este caso tampoco hace falta buscar a sus autores intelectua­les «en desiertos remotos ni en montañas lejanas». Están a la vista de todos.

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Carles Francino

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