El Periódico - Castellano

Un ‘mal tripi’ con trasfondo social

Antoni Gaudí fue tomado por un vagabundo tras ser golpeado por un vehículo de la línea 30 y vivió una peripecia de pesadilla antes de ser identifica­do. Su caso afloró la realidad de las clases bajas.

- RAMÓN VENDRELL

Antoni Gaudí murió el 10 de junio de 1926, a los 73 años, en el hospital de la Santa Creu, un lugar que conocía bien. La obsesión del arquitecto por reproducir las formas de la naturaleza llegó al paroxismo en la Sagrada Família. Quería modelos para todas las esculturas. Fotografia­ba a los elegidos y por lo común les sacaba moldes de yeso. Muy satisfecho quedó con el hallazgo de un gigante con seis dedos en un pie (una señal maligna, interpretó) que se convertirí­a en el soldado que mata a inocentes por orden de Herodes en la fachada del Naixement. La burra que monta María, con Jesús en brazos, en la huida de la familia a Egipto tuvo que ser izada con un arnés para que no se moviera y poder hacer su matriz. Unas fuentes dicen que el animal era propiedad de un chatarrero y otras que pertenecía a una vendedora de tierra. Gaudí y su equipo cloroformi­zaron pavos y pollos para vaciarlos en escayola. En hospitales consiguier­on esqueletos para profundiza­r en la investigac­ión de la anatomía humana.

No era suficiente. Gaudí obtuvo un permiso especial para presenciar autopsias en el hospital de la Santa Creu. En el mismo recinto asistió a la extremaunc­ión de un moribundo y «quedó convencido de haber visto el momento exacto en que el alma era recibida por la Sagrada Familia», según Gijs van Hensbergen en el ensayo biográfico Antoni Gaudí. Moldes de bebés nacidos muertos fueron utilizados para la representa­ción de la matanza de infantes herodiana. La sala de dibujo del taller de Gaudí en la Sagrada Família, donde se almacenaba todo ese material, podría haber inspirado el laboratori­o de un mad doctor cinematogr­áfico.

La teoría de que el arquitecto consumía alucinógen­os, en concreto Amanita muscaria, parece tener su origen en el libro de Joan Llarch Biografía mágica de Gaudí (1982) y está por completo desacredit­ada, para empezar por la falta de pruebas. El químico suizo Albert Hofmann sintetizó el LSD25 en 1938 y lo ingirió con fines científico­s en 1943. Primero fue una experienci­a infernal y después, celestial. Millones de personas comprobarí­an a partir de la era hippie que el LSD-25 es una sustancia prodigiosa a la vez que imprevisib­le. El «hijo monstruo» de Hofmann, como el investigad­or llamó a su creación, introdujo en la cultura de masas las prácticas lisérgicas antaño reservadas a experiment­adas culturas mágicas. El mal viaje se convirtió en un lugar común. Gaudí vivió uno sin necesidad de drogarse antes de que existiera el concepto. La peripecia que lo llevó a la tumba fue un mal tripi que vivió en estado de semiincons­ciencia.

Abandonado

Gaudí se trasladó a vivir al estudio de la Sagrada Família en el otoño de 1925. El 7 de junio de 1926, lunes, salió del templo expiatorio hacia las 17.30 horas con rumbo a la iglesia de Sant Felip Neri, un trayecto que hacía a pie casi a diario para verse con su consejero espiritual, Agustí Mas. Bajó por la calle de Bailèn, como tenía por costumbre, y al cruzar la Gran Via de les Corts Catalanes fue golpeado por un tranvía de la línea 30 sobre las seis de la tarde. El conductor del tranvía bajó del vehículo, apartó al atropellad­o, volvió a ponerse al volante y siguió su ruta. Más tarde alegaría que la víctima no miraba por dónde iba.

Los accidentes relacionad­os con el tranvía no eran raros. El diario El Diluvio informó en su edición del 14 de mayo de 1926 de la

muerte el día anterior de «una anciana» de «unos 60 años» al descender de un tranvía de la línea 29 y de la de un muchacho de unos 12 años, vendedor de diarios para más señas, al subir a un coche de la misma línea. Como para coger el 30. Es cierto que la jornada debió de ser funesta, porque las dos noticias formaban parte de un bloque titulado El fatídico día 13 y subtitulad­o Desgracias a granel, en el que también se recogían las informacio­nes: Vuelco de un automóvil. Tres heridos, Niño que perece ahogado, Catástrofe en un cine. Siete espectador­es heridos, uno de ellos grave y Atropellos de automóvile­s.

Prioridad del peatón

Gaudí era de la opinión de que el peatón tenía prioridad sobre el tráfico rodado. En una ocasión, en Trafalgar con Bruc, ignoró los bocinazos de un tranvía, siguió cruzando la calzada y obligó al conductor a frenar con brusquedad. Este, en respuesta, le arrojó a la cara un puñado de la arena que los tranvías llevaban en una caja para que las ruedas no patinaran en las pendientes. Asimismo, existen testimonio­s de que Gaudí solía pasear ensimismad­o.

El caso es que la víctima quedó abandonada en la Gran Via por el conductor. Gaudí no llevaba documentac­ión y su aspecto estaba muy lejos del dandismo de su juventud. Tanto por el desaliño indumentar­io como por la delgadez fruto de la brucelosis que había sufrido, la dieta frugal y los ayunos. Desde hacía una década algunos dibujantes habían caricaturi­zado a la celebridad como poco menos que un mendigo y arrastraba fama de ermitaño.

Galdric Santana, director de la Cátedra Gaudí de la UPC, descarta de plano el mito del Gaudí

aislado del mundo y matiza el del Gaudí desastrado. «Era un yayo [recuerden que una mujer de 60 años era considerad­a una anciana] y primaba la comodidad –dice–. En aquella época la forma de vestir estaba mucho más relacionad­a con el estatus que ahora y Gaudí incumplía esa relación. Pero se enfatizó su supuesto aspecto de vagabundo para de alguna manera explicar el drama que siguió al accidente».

Un par de viandantes atendieron al herido. Varios taxis pasaron de cargarlo. Se dice que cuatro, tres de los cuales serían multados más tarde bajo la ley del buen samaritano. Con la intervenci­ón de un guardia civil, un taxi lo llevó a la casa de socorro de la ronda de Sant Pere, 37.

Sala común

De allí, tras una cura de urgencia y vista la gravedad de las lesiones, fue remitido el herido anónimo y con aspecto dejado al Hospital Clínic, pero los enfermeros de la ambulancia decidieron por su cuenta llevarlo al hospital de la Santa Creu, que quedaba más cerca. En la cama número 19 de la sala común de traumático­s, llamada de Sant Tomàs, fue depositado.

Por la noche, Gil Parés, párroco de la Sagrada Família, y Domingo Sugranyes, colaborado­r de Gaudí, comenzaron por comisarías, dispensari­os y hospitales la búsqueda del arquitecto, que no solía trasnochar. Lo localizaro­n en el hospital de la Santa Creu. La Van

guardia informó el 9 de junio, en su primera nota sobre el caso: «En la mañana de ayer, el médico de guardia del hospital de la Santa Cruz dispuso que don Antonio Gaudí fuese trasladado con toda suerte de precaucion­es a un cuarto aparte de la sala de la Inmaculada. Los doctores Trenchs y Bosch reconocier­on al herido, practicánd­ole el enyesado de las tres costillas que tiene fracturada­s en el lado izquierdo. También presenta una contusión en la pierna derecha, aunque esta no es de mucha importanci­a. Lo que agrava el estado de don Antonio Gaudí es que tiene hemorragia en las meninges». Gaudí pidió y recibió los santos óleos el día 8.

Una vez reconocido Gaudí, empezó en el hospital de la Santa Creu un desfile de autoridade­s eclesiásti­cas y políticas, nobles y representa­ntes de institucio­nes artísticas, culturales y gremiales.

Las informacio­nes publicadas en la prensa el día 10 eran desalentad­oras. Gaudí cayó en «estado comatoso» por la tarde del 9 y los médicos perdieron a partir de ese momento «toda esperanza de salvar al enfermo».

En el arroyo

Gaudí murió a las 17.10 horas del 10 de junio. «El artista maravillos­o del templo de la Sagrada Familia ha dejado de existir –comenzó su crónica del 11 La Vanguardia–.

¿Y cómo? De la manera más vulgar: víctima de un accidente de tranvía. Al recoger su cuerpo magullado de mitad del arroyo, había perdido el conocimien­to. Nadie pudo sospechar que el atropellad­o fuese el arquitecto más grande de nuestros tiempos. ¡Bah! Uno más».

«Las circunstan­cias de la muerte de Gaudí fueron un fracaso social y sacaron a flote una vez más la realidad de las clases», señala Santacana. Algo parecido sucedió con la muerte por congelació­n del fotógrafo René Robert en la calle de Turbigo de París tras sufrir una caída y pasar horas sin atención, tan recienteme­nte como en 2022.

Fervor de signo opuesto

El cortejo fúnebre que el 12 junio condujo el cuerpo de Gaudí del hospital de la Santa Creu a la Sagrada Família para su inhumación, con parada en la catedral para una ceremonia, fue seguido por cientos de miles de personas. Habría que esperar al funeral de Buenaventu­ra Durruti, el 23 de noviembre de 1936, para ver en Barcelona algo parecido, si bien con un fervor de signo opuesto.

Aquello de las dos almas de Barcelona. ■

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El Periódico El carruaje con el féretro de Gaudí, a su paso por la Rambla.
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 ?? El Periódico ?? Una imagen de Antoni Gaudí en 1924, dos años antes de morir.
El Periódico Una imagen de Antoni Gaudí en 1924, dos años antes de morir.
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