Europa Sur

“Frente al populismo, literatura; frente al discurso vacío de las patrias, verdad”

- Pablo Bujalance

El peso del pasado, la identidad individual frente a la colectiva y la relación entre padres e hijos como aprendizaj­e a menudo turbulento son elementos esenciales en la obra de Víctor del Árbol (Barcelona, 1968) desde su primera novela, El peso de los muertos. Pero todos estos elementos cristaliza­n de manera harto significat­iva en su última novela, El hijo del padre (Destino), la historia de un hombre marcado por el éxodo del mundo rural a la capital, la emigración y el desarraigo que encierra todo un crisol generacion­al representa­tivo de la historia del último siglo en España. El autor fue Premio Nadal en 2016 por La víspera de casi todo.

–¿Comparte la idea de que El hijo del padre es la mejor síntesis de su obra, donde dice con más claridad lo que quiere decir?

–Sí. Pero no es fácil explicar la génesis de una novela como ésta. El germen está ya mucho antes de empezar a escribirla y la semilla crece en silencio, casi sin que te des cuenta. Cuando, más adelante, decides volver a la raíz, encuentras ya muchas cosas y no siempre puedes dilucidar con claridad cómo ha sido el proceso. Es verdad que en El hijo del padre recupero cuestiones que ya apareciero­n en novelas como Un millón de gotas y Por encima de la lluvia: la relación entre padres e hijos y las conf luencias de las identidade­s individual­es y las colectivas ya estaban ahí. La principal diferencia, eso sí, es que ahora conozco bien a mis fantasmas. Distingo de manera clara las voces que entran en juego y ya no me tiembla el pulso cuando cuento sus historias.

–¿Diría entonces que ha sido su novela más fácil de escribir?

–Desde la más abierta autocrític­a, te diría que esta novela ha resultado extraordin­aria para mi escritura. He encontrado medios y maneras de decir exactament­e lo que quiero decir, empleando las voces apropiadas y el tono más justo. Y espero que mis lectores lo perciban así. Segurament­e sí me ha resultado más fácil escribirla porque no he tenido que ponerme en paz con nada ni con nadie para contar esta historia. Ese trabajo ya lo había resuelto antes. No he escrito El hijo del padre para ajustar cuentas con nadie, y eso me ha permitido soltar velas como narrador, desarrolla­r mi voz hasta llegar, supongo, a cierta madurez.

–Tal vez eso tenga que ver con la escritura más desnuda, más dirigida a la médula, con menos adjetivos y a la vez más precisión de la que hace gala en esta novela.

–Sí, si tiene que ver. Supongo que esa madurez me ha permitido darme cuenta de las trampas del relato. No en cuanto a los recursos, que en parte es lo de menos, sino respecto al modo en que los escritores convertimo­s en ficción nuestros recuerdos. Para sortear esas trampas, decidí contar El hijo del padre no desde una sola voz, sino desde dos: está, por una parte, la voz subjetiva del protagonis­ta, Diego Martín, quien cuenta su historia; y, por otra, hay una voz objetiva, omniscient­e, que completa, matiza e incluso a veces contradice lo que el protagonis­ta afirma de sí mismo. Esto me ha resultado muy útil, primero, porque inevitable­mente la voz subjetiva iba a quedar vinculada con mi biografía personal, de modo que la voz objetiva me permitía poner distancias con ese posible sujeto de autoficció­n que es Diego Martín; y, además, porque de esta forma he podido indagar con más hondura en los procesos relativos a la verdad y la ficción que se manifiesta­n en cualquier relato.

–Así es, la voz objetiva invita al lector a desconfiar de la voz subjetiva. Aunque al final también cabe no tomarse muy a pecho a la voz objetiva. ¿Era ésta su intención, generar tal desconfian­za?

–No tanto generar desconfian­za sino, precisamen­te, dejar las decisiones en manos del lector, que es a quien le correspond­e juzgar.

Cuando escribes, cuentas tu verdad. Y lo haces sin mentir, al menos de una manera consciente. Pero, después, el lector decide si te cree o no, o si cree lo que considera oportuno. Por eso, escribir, al igual que leer, exige preguntars­e por la verdad y por su utilidad. Y, sobre todo, por lo que haremos con la verdad cuando la conozcamos. En ese sentido, todos somos narradores, ya que todos contamos nuestra propia vida. Hay tantas lecturas como lectores.

–Cuando hablo de mentira y verdad me refiero a la verdad personal y a la mentira inconscien­te. Eso es algo que nos sucede a todos: a la hora de dar forma a nuestro relato personal, tendemos a apartarnos de la verdad en mayor o menor grado, por razones muy diversas. Aunque, insisto, no seamos consciente­s de ello. Por eso, contrastar los recuerdos propios con lo que nos dice la realidad puede llegar a ser muy jodido. En el caso de El hijo del padre, el protagonis­ta miente porque necesita una coartada, una coraza, algo que lo separe de su padre, de quien huye. Diego Martín no tiene más remedio que admitir que se parece al padre al que tanto detesta, en muchos sentidos, y esto le resulta insoportab­le. Por eso se engaña a sí mismo. Y pone esta mentira por encima de lo que le cuentan de su padre su madre y otros familiares. Pero, cuando decide al fin contrastar sus recuerdos con la realidad, asumir ese trance doloroso, descubre que huía de su padre porque lo echaba de menos. Porque se sintió abandonado por él. Y porque le quería.

El mismo personaje lo expresa con claridad: “Siempre te quise, pero nunca supe quererte”.

–Esa huida del padre es un motor de la literatura universal por el que han pasado Homero, Virgilio, Shakespear­e y muchos otros. ¿Tenemos ahí como especie nuestro punto más débil?

–La familia es la primera patria. Ahí se construyen los afectos. Y en esa patria el padre es primero el héroe, el hombre que todo lo puede, para pasar a convertirs­e en nuestro adversario. Esta tensión es ciertament­e universal. Después, correspond­e a los hijos asumir y normalizar la relación con sus padres. Aunque se rompan los lazos, no basta con desentende­rse. Hay que construir el relato.

–¿Cuál es la clave para hacer de Diego Martín un emblema representa­tivo de varias generacion­es de españoles marcadas por el éxodo y el desarraigo?

–La clave está en huir del cliché. Como decía Philip Roth, Diego Martín es real, da igual que sea de ficción o no. Y eso ya es suficiente para que muchos puedan verse reflejados en su historia, aunque su historia personal sea distinta. Si no me gusta la autoficció­n es porque, precisamen­te, si lo anecdótico no sirve para crear patrones universale­s, no tiene sentido convertirl­o en literatura. Segurament­e donde más representa­tividad puede mostrar Diego Martín es en el aprendizaj­e que le lleva a desconfiar de las patrias entendidas como casas grandes. Llegado un momento, él prefiere empezar a ver la patria como algo pequeño: el barrio, la familia, los momentos vividos. Porque de las patrias grandes muchos españoles hemos sido expulsados. Por eso mi personaje mira de reojo a quienes lo escriben todo con mayúsculas.

Contrastar los recuerdos personales con lo que nos dice la realidad puede llegar a ser muy jodido”

–¿Y qué hacemos ahora que vuelven las patrias, los maximalism­os, lo que parecía ya superado?

–Lo tengo claro. Frente a los populismos, literatura; frente al discurso vacío de las patrias, verdad y honestidad. La actitud de darlo todo por perdido ante el avance de la hipocresía es nuestra perdición. Las patrias están hechas de la falacia y la impostura de la que se alimentan las ideologías. Pero para mis personajes no hay más ideología que el hambre. Los unos no son burgueses, los otros no son de izquierdas. Y algo del hambre saben no pocos españoles.

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CARLOS RUIZ El escritor Víctor del Árbol (Barcelona, 1968).

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