PACO RE­VI­LLA

El pa­dre del di­rec­tor Rodrigo (Ruy) So­ro­go­yen es un fi­jo en las pe­lí­cu­las de su hi­jo. Ac­tor ‘ama­teur’, afron­ta los ro­da­jes con una mez­cla de mie­do y or­gu­llo.

Fotogramas - - SUMARIO ESTRENOS - Por Paco Re­vi­lla. EL REINO SE ES­TRE­NA EL 28 DE SEP­TIEM­BRE

El pa­dre del di­rec­tor Rodrigo So­ro­go­yen re­la­ta en Qué pe­lí­cu­la la de aquel ro­da­je qué tal sien­ta que te di­ri­ja tu hi­jo.

Yo tam­bién me lla­mo Rodrigo So­ro­go­yen, pe­ro cuan­do co­men­cé a tra­ba­jar con mi hi­jo en uno de sus pri­me­ros cor­tos me pa­re­ció que dos So­ro­go­yen eran de­ma­sia­do y me re­bau­ti­cé con mi se­gun­do nom­bre y ape­lli­do: Paco Re­vi­lla. Ha­go tea­tro ama­teur des­de mis tiem­pos de la Uni­ver­si­dad, así que cuan­do Ruy me di­jo que le ha­ría mu­cha ilu­sión que hi­cie­ra un pe­que­ño pa­pel en Que Dios nos per­do­ne me en­can­tó la idea. Era una es­ce­na muy sen­ci­lla –aun­que al­go tur­bia, pe­ro eso son co­sas de mi hi­jo– en la que in­ter­pre­ta­ba a un sa­cer­do­te y so­lo te­nía que sen­tar­me fren­te a un pla­to de so­pa y pro­nun­ciar una fra­se. Pe­ro en El reino, mi per­so­na­je, Fer­nan­do, abo­ga­do de Antonio de la To­rre, tie­ne mu­cho más pe­so en la tra­ma. Vas a dar muy bien el ti­po, me ani­mó Ruy. Si tú con­fías en mí, yo me pon­go en tus ma­nos, le di­je. Pe­ro en reali­dad me sen­tía co­mo de­be acer­car­se un ple­be­yo al em­pe­ra­dor se­gún dic­ta el pro­to­co­lo de la cor­te im­pe­rial ja­po­ne­sa: con es­tu­por y tem­blo­res. Pe­ro, ¿qué ha­go ro­dea­do de to- da es­ta gen­te si yo no soy na­die? Sen­tí una res­pon­sa­bi­li­dad enor­me, pe­ro la ex­pe­rien­cia ha si­do ma­ra­vi­llo­sa por­que he ido de la mano de Antonio, que co­mo tie­ne una hu­ma­ni­dad in­creí­ble y se co­me los pa­pe­les, so­lía de­cir­me: Ven­ga, Rodrigo, ti­ra, que vas muy bien. Ade­más, en el ro­da­je de

El reino me he sen­ti­do muy or­gu­llo­so de mi hi­jo por­que me im­pre­sio­na­ba ver­lo di­ri­gir a un equi­po tan nu­me­ro­so con tan­ta fuer­za y con­vic­ción. A mí me tra­ta­ba co­mo al res­to del equi­po, pe­ro per­mi­tir­me tra­ba­jar con él ha si­do un ac­to de amor por su par­te. Yo di­go que me ha re­ga­la­do la eter­ni­dad, pe­ro tam­bién ha si­do un tu­te ago­ta­dor. Ha­bía días que me re­co­gían a las sie­te de la tar­de y me de­vol­vían a las seis de la ma­ña­na. ¡Si yo soy un ju­bi­la­do de 76 años que vi­ve tran­qui­la­men­te en Ali­can­te! Así que cuan­do al­guien me co­men­ta en la si­guien­te pe­lí­cu­la…, yo di­go, un mo­men­to, en la pró­xi­ma so­lo quie­ro una es­ce­ni­ta sen­ta­do en una ta­ber­na de pue­blo, con boi­na y ju­gan­do al mus.

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