Li­cor ca­fé

Por Ma­nuel Jabois -

GQ (Spain) - - Gq Firmas -

con­tor­sio­nis­tas y os gus­te la­me­ros el tra­se­ro co­mo a los ga­tos. Por­que en un es­tu­dio ela­bo­ra­do en EE UU se han en­con­tra­do en las bar­bas mas­cu­li­nas res­tos de gér­me­nes, bac­te­rias y, aten­ción, ex­cre­men­tos.

Va­le. Co­méis y mi­cro­in­fi­ni­te­si­ma­les tro­zos de ali­men­tos se cue­lan en vues­tra bar­ba (una es­quir­la in­de­tec­ta­ble de po­llo fri­to, un tro­zo in­vi­si­ble de ma­ca­rrón, la go­ta de la go­ta de la go­ta del ca­fé con hie­lo). Bueno, acep­ta­mos eso: par­tí­cu­las in­vi­si­bles de co­mi­da que que­dan atra­pa­das en la te­la de ara­ña. Eso sí, lo de acu­mu­lar res­tos de días y se­ma­nas en­te­ras ya es más as­que­ro­so.

Tam­bién acep­ta­mos que la in­men­si­dad de vues­tro ma­to­jo ab­sor­ba la con­bar­bas, ta­mi­na­ción co­mo una es­pon­ja. Eso no se pue­de evi­tar. O que par­tí­cu­las in­vi­si­bles de sa­li­va sal­gan des­pe­di­das de vues­tra bo­ca ca­da vez que ha­bláis, y que al­gu­na que­de atra­pa­da en­tre los pe­los. O que pon­gáis la mano de­lan­te de la bo­ca y la na­riz ca­da vez que es­tor­nu­dáis, y obli­guéis a vol­ver de re­gre­so a los mo­cos a la en­de­mo­nia­da velocidad de 70 ki­ló­me­tros por ho­ra, en­cas­trán­do­los en la bar­ba sin po­si­bi­li­dad de es­ca­par (por cier­to, ha­blan­do de es­tor­nu­dos: na­da de co­lo­car la ma­ni­ta, me­jor el co­do. Con la ma­ni­ta des­pués to­cáis co­sas y con el co­do no, ¿ok?). Así has­ta su­mar 20.000 se­res ex­tra­ños de pro­me­dio. En ca­da bar­ba.

Pe­ro es que en es­te es­tu­dio se han en­con­tra­do en las bar­bas –en vues­tras eh, no en las bar­bas del res­to de primates pri­mi­ti­vos in­hi­gié­ni­cos– los mis­mos res­tos de ex­cre­men­tos que po­de­mos en­con­trar en la ta­za del vá­ter o en los gri­fos o los po­mos de las puer­tas de los ba­ños. Em­pe­ce­mos por lo bá­si­co, ami­gui­tos: ¿cuán­tos de vo­so­tros os la­váis las ma­nos des­pués de ir al ba­ño? Ven­ga, con­fe­sad. Po­cos, ¿ver­dad? Y, de los que os las la­váis, ¿cuán­tos lo ha­céis sin las fro­ta­di­nas y el ja­bón ne­ce­sa­rios pa­ra hi­gie­ni­zar­las bien? Por­que cla­ro, lue­go con esas ma­ni­tas to­cáis mu­chas co­sas, en­tre ellas, vues­tra bar­ba. De­ce­nas de ve­ces al día. Así que la­vaos las ma­nos, gua­rri­llos. Y la bar­ba. Que no di­go que ca­da día en la du­cha –los que os du­chéis ca­da día, cla­ro– la fro­téis con ja­bón y sua­vi­zan­te. Aun­que, bien pen­sa­do, si las mu­je­res lo ha­ce­mos con el pe­lo –tam­bién el ca­pi­lar–, ¿por qué no vo­so­tros con el vues­tro? Lue­go, al me­nos, no te­néis que pa­sar­le el se­ca­dor y la plan­cha.

"¿Sa­béis que han en­con­tra­do co­sas muy muy ra­ras en las bar­bas? Co­sas que, di­ga­mos, no de­be­rían es­tar ahí…"

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