Li­cor ca­fé

Por Ma­nuel Ja­bois -

GQ (Spain) - - Coctelería -

da, en plan pe­rio­dis­ta a la con­tra. Por­que he vis­to al­go que los de­más, me te­mo, no han vis­to. La si­tua­ción, de re­sol­ver­se, ya tie­ne sus hé­roes (ha en­tra­do uno en es­ce­na: "Yo soy un chi­co, ¿a mí me vas a pe­gar?", em­pu­jan­do al chu­pa­di­to de la flau­ta) y ade­más los gri­tos son des­agra­da­bles. "Es­tos del Blo­que han he­cho una ciu­dad tan bo­ni­ta que aquí pe­gas un gri­to y ya se es­tán en­cen­dien­do to­das las ven­ta­nas, co­mo en la al­dea", le di­go a Po­la, que no es Po­la pe­ro ya me da igual: le voy a ha­blar has­ta que lo sea.

Hay tres o cua­tro que es­tán mar­can­do el nú­me­ro de la Po­li­cía (lla­mar a la Po­li­cía des­de la igle­sia de A Pe­re­gri­na es to­do un con­cep­to en sí mis­mo), y de pron­to los dos pro­ta­go­nis­tas se aga­rran y la chi­ca le suel­ta cua­tro ma­nos. Esos mo­men­tos. Pa­sos atrás y pa­sos ade­lan­te. La gen­te se­pa­rán­do­los y ellos yén­do­se dán­do­se la es­pal­da y vol­vien­do de re­pen­te el uno a por el otro. Pe­ro lo que yo he vis­to es­tá a dos me­tros: don­de tie­nen la mo­chi­la, la la­ta de las mo­ne­das y un po­co de ro­pa. Allí es­tán sus pe­rros, de pie, la­dran­do y au­llan­do, mi­rán­do­los a los dos a lo le­jos. Pa­re­cen, lo ju­ro, tris­tí­si­mos.

Pre­sen­ciar gres­cas aje­nas tie­ne al­go que nos atrae co­sa ma­la (den­tro de unos lí­mi­tes, cla­ro). Es­to es así des­de que el mun­do es mun­do.

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