Ma­du­rez roc­ke­ra

Se­guir en la bre­cha ha­cien­do rock en Es­pa­ña no es fá­cil. A no ser que seas una le­yen­da y te lla­mes Ariel Rot.

GQ (Spain) - - Intro - ¿Cuán­to te im­por­ta la ima­gen?

Abrió el vo­ca­bu­la­rio del rock & roll en cas­te­llano con Los Ro­drí­guez y, an­tes de eso, ayu­dó a po­pu­la­ri­zar­lo en la Es­pa­ña de la Tran­si­ción con Te­qui­la. Le­jos de vi­vir de méritos pa­sa­dos, el ar­gen­tino Ariel Rot ha se­gui­do gra­ban­do en so­li­ta­rio, bus­can­do nue­vos ca­mi­nos pa­ra una mú­si­ca que aho­ra, con La ma­na­da (War­ner), le acer­ca de nue­vo a las gui­ta­rras eléc­tri­cas a la vez que cons­ta­ta su con­di­ción de gran icono de nues­tro rock.

GQ: ¿Te ha cos­ta­do tra­ba­jo de­jar de ver­te a ti mis­mo co­mo so­lis­ta? ARIEL ROT: Es­tar en un cos­ta­do del es­ce­na­rio to­can­do la gui­ta­rra siem­pre fue mi zo­na de con­fort, pe­ro sa­lir de ahí fue un desafío y tam­bién una ma­ne­ra de se­guir cre­cien­do. Hu­bo mo­men­tos de in­se­gu­ri­dad, de no­ches sin dor­mir, el he­cho de es­tar en el cen­tro del es­ce­na­rio, can­tar, com­po­ner, era al­go que me in­tran­qui­li­za­ba. Aho­ra to­do eso es al­go más na­tu­ral, pe­ro si­go dis­fru­tan­do mu­chí­si­mo cuan­do me in­vi­tan a ha­cer una co­la­bo­ra­ción y so­la­men­te ten­go que co­ger mi gui­ta­rra y mis pe­da­les y to­car. GQ: ¿Qué quie­res con­tar cuan­do te plan­teas ha­cer una can­ción? A. R.: De­jo que ac­túe el azar. Si fue­se un es­cri­tor se­ría un es­cri­tor que co­mien­za a es­cri­bir sin sa­ber có­mo va a ser el fi­nal. Es un jue­go di­ver­ti­do ver qué di­rec­ción to­man las historias que voy con­tan­do, pe­ro sí pro­cu­ro que no sea al­go abs­trac­to, que la his­to­ria con­ta­da sea na­rra­ti­va. GQ: El rock fue vi­tal pa­ra tu ge­ne­ra­ción. ¿Cuál es su pa­pel aho­ra?

A.R.: En mi vi­da­ca­da­ca­pí­tu­lo tu­vo su ban­de­ra: en los 60 el rock & roll, en los 70 el punk… El rock ya cum­plió su co­me­ti­do, es nor­mal que se que­de en un es­ti­lo o en un len­gua­je más. Fue­ron mu­chos años de rei­na­do, fue la ban­de­ra de cam­bios muy im­por­tan­tes en la so­cie­dad, los Beatles, El­vis, Sex Pis­tols… GQ: ¿Cuál se­ría aho­ra esa ban­de­ra? A. R.: ¿La man­za­ni­ta de Ap­ple? Hoy los cam­bios ya no pa­san por la mú­si­ca, pa­san por la tec­no­lo­gía, por las nue­vas ma­ne­ras de in­ter­co­nec­tar, las re­des so­cia­les. Esas for­mas nue­vas de co­mu­ni­ca­ción de­va­lúan un po­co la mú­si­ca, tan­ta in­for­ma­ción y tan rá­pi­da crea una es­pe­cie de an­sie­dad que no per­mi­te lle­gar a la pro­fun­di­dad de la obra. Hoy los chi­cos no pue­den es­cu­char mú­si­ca sin una ima­gen. Y sin em­bar­go, la mú­si­ca es­tá más pre­sen­te que nun­ca, te la me­ten en to­dos la­dos. Se con­su­me mu­cha mú­si­ca pe­ro no se es­cu­cha mú­si­ca. GQ: A. R.: Es al­go muy po­de­ro­so. An­tes con ver una foto de un mú­si­co ya sa­bía si me gus­ta­ba o no. Me pa­só con The Who, cuan­do vi a Pe­te Towns­hend sal­tan­do. Las pin­tas de Brian Jo­nes, de Ji­mi Hen­drix, eran muy evo­ca­do­ras; era al­go que nos ha­cía so­ñar y de­cir "es­to mo­la". Hoy en día cual­quier chi­co mo­la. An­tes pa­ra mo­lar ha­bía que cu­rrár­se­lo mu­cho más, hoy bas­tan un go­rri­to, unos ta­tua­jes, y eso con­fun­de un po­co. Un buen look era una car­ta de pre­sen­ta­ción pa­ra al­go car­ga­do de pro­me­sas. Hoy en día el look es to­do lo que hay. GQ: ¿Qué ele­men­tos son im­pres­cin­di­bles pa­ra ti cuan­do se tra­ta de ves­tir? A. R.: Un buen par de bo­tas, una bue­na cha­que­ta y un buen fu­lar. Con eso ya lo tie­nes to­do. La ima­gen es una ma­ne­ra de des­ta­car en­tre la uni­for­mi­dad de la gente. Esa era la ac­ti­tud con Te­qui­la, aun­que creo que pa­sé por dis­tin­tas eta­pas. Aho­ra op­to por lo sen­ci­llo pe­ro ele­gan­te, y lo clá­si­co, lo que per­du­ra. Pa­ra es­te mo­men­to de mi as­pec­to fí­si­co es lo más apro­pia­do.

ES­TI­LO PRO­PIO A lo lar­go de cua­tro dé­ca­das, Rot ha pa­sa­do por di­ver­sas eta­pas; aho­ra cul­ti­va la ima­gen de roc­ke­ro ma­du­ro. Tra­je de Ds­qua­red2, ca­mi­sa de Mirto y som­bre­ro ne­gro de Hu­go. POR RA­FA CER­VE­RA

EL DIS­CO CO­MO ES­PE­JO "Atra­vie­so un mo­men­to bas­tan­te par­ti­cu­lar, de cier­tas tur­bu­len­cias in­ter­nas, y es­te ál­bum es el re­fle­jo de ello", di­ce Rot de La ma­na­da.

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