AL­GO­DÓN Y 'FAMIGLIA'

La ca­mi­sa per­fec­ta co­mien­za con el te­ji­do per­fec­to.y del pro­ce­so de crear­lo, des­de la elec­ción de las se­mi­llas has­ta el aca­ba­do fi­nal, se en­car­ga la ca­sa Al­bi­ni.

GQ (Spain) - - Estillo -

La ri­que­za de Egip­to no es so­lo ar­queo­ló­gi­ca. En ese país cre­ce el me­jor al­go­dón del mun­do, y por eso a Sil­vio Al­bi­ni le pa­re­ció im­pres­cin­di­ble no so­lo cons­truir una fá­bri­ca tex­til allí mis­mo, sino tam­bién te­ner sus pro­pios cam­pos de cul­ti­vo y res­ca­tar se­mi­llas an­ces­tra­les en bus­ca de las me­jo­res co­se­chas. Sil­vio es pre­si­den­te y CEO de Al­bi­ni, el ma­yor fa­bri­can­te eu­ro­peo de te­ji­dos de al­ta ca­li­dad pa­ra ca­mi­sas, una em­pre­sa fa­mi­liar ita­lia­na fun­da­da en 1876. Él, que se pro­cla­ma or­gu­llo­so co­mo el "her­mano ma­yor de la quin­ta ge­ne­ra­ción", se ha en­car­ga­do de lle­var a ca­bo la ex­pan­sión in­ter­na­cio­nal, pre­ci­sa­men­te a tra­vés de ese cul­ti­vo di­rec­to (en Egip­to y Bar­ba­dos) y de ope­ra­cio­nes co­mo la ad­qui­si­ción de dos de las más pres­ti­gio­sas y an­ti­guas mar­cas tex­ti­les bri­tá­ni­cas, Tho­mas Ma­son y Da­vid & John Anderson. Sil­vio re­co­gió el tes­ti­go de una em­pre­sa que, a pe­sar de lo vo­lu­ble del sec­tor, se man­tie­ne fuer­te des­de sus orígenes. "Los va­lo­res no te ha­cen ri­co, pe­ro te ase­gu­ran la su­per­vi­ven­cia a lar­go pla­zo. La vi­sión de fu­tu­ro, la pa­sión por lo que ha­ces, el víncu­lo con el te­rri­to­rio… Ese es el ver­da­de­ro mo­tor pa­ra las em­pre­sas fa­mi­lia­res co­mo la nues­tra y la ra­zón por la que la in­dus­tria tex­til ita­lia­na es­tá aún ahí fren­te a la de otros paí­ses eu­ro­peos, por­que aún con­ser­va­mos es­tas es­truc­tu­ras".

• ¡MAL­KO­VICH! ESE TI­PO DE­BE DE SER una má­qui­na, ¿ver­dad? ¡Ca­si 100 películas! La úl­ti­ma, Ma­rea ne­gra ,un th­ri­ller ba­sa­do en he­chos reales que tra­ta de la ex­plo­sión de una pla­ta­for­ma pe­tro­lí­fe­ra de BP y la ca­tás­tro­fe eco­ló­gi­ca que pro­vo­có en el gol­fo de Mé­xi­co en 2010. Lle­va 40 años sien­do miem­bro de la Step­pen­wolf Thea­tre Com­pany y aho­ra es­tá di­ri­gien­do la obra Good Ca­nary en Lon­dres. ¡Y has­ta tie­ne una mar­ca de moda! Así que te sor­pren­de­rá des­cu­brir que sea un hom­bre ca­ren­te de am­bi­ción… He aquí las claves pa­ra en­ten­der­lo:

Ter­mi­nar al­go sig­ni­fi­ca sa­ber exac­ta­men­te cuán­do re­ti­rar­se. "Así es co­mo yo en­tien­do el tra­ba­jo y la pro­duc­ti­vi­dad: hay que te­ner in­quie­tu­des y la in­te­li­gen­cia pa­ra de­jar las co­sas cuan­do ya no tie­nes na­da más que apor­tar. Tam­bién ocu­rre a ve­ces que, con el tiem­po, des­cu­bres al­go nue­vo en esas co­sas. He te­ni­do la opor­tu­ni­dad de vol­ver atrás y di­ri­gir o ac­tuar en una obra que ya ha­bía di­ri­gi­do o en la que ya ha­bía ac­tua­do. La obra era la mis­ma, pe­ro mi re­la­ción con ella ha­bía cam­bia­do. En cier­to mo­do, es pro­ba­ble que nun­ca ter­mi­nes na­da del to­do, pe­ro tie­nes que acep­tar que hay que ce­rrar los te­mas, aun­que sea tem­po­ral­men­te".

No es­cu­ches cum­pli­dos que no ven­gan de ti mis­mo. "Tie­nes que ser ca­paz de de­cir­te: 'Es­cu­cha, creo que el tra­ba­jo que aca­bas de ha­cer es muy ma­lo'. In­clu­so si al­guien te di­ce: 'Oh, yo no lo veo así,

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a mí me en­can­tó' o 'es­ta­bas in­creí­ble'. Aun­que te lo di­ga to­do el mun­do tie­nes que te­ner tu pro­pio cri­te­rio".

To­ma no­ta: mul­ti­ta­rea es si­nó­ni­mo de va­gan­cia. "In­ter­net te ha­ce pen­sar que las co­sas ya es­tán he­chas. Cree­mos que po­de­mos abar­car mu­cho sim­ple­men­te por 'es­tar en ello'; y qui­zá po­da­mos. Pe­ro, en mi opi­nión, lo que ha­ce in­ter­net es em­pu­jar­nos de al­gún mo­do a la si­guien­te ta­rea. Cuan­do la gente re­ci­be un e-mail yse­le in­di­ca que tie­ne que ha­cer es­to o aque­llo, no sé si lo con­si­de­ra de ver­dad o si sus ojos se po­nen vi­drio­sos y pien­sa: 'Lo que quie­ra que sea, lo de­jo pa­ra lue­go'. Es una es­pe­cie de en­fer­me­dad que de­ri­va del ex­ce­so de in­for­ma­ción". 4. No creas en el po­der del 'tú'. "La gente te sol­ta­rá que eres el úni­co res­pon­sa­ble de có­mo te va en la vi­da. Ya sa­bes, ese ro­llo mo­ti­va­cio­nal a lo Tony Rob­bins. To­do eso es­tá muy bien, pe­ro no es rea­lis­ta. Por ejem­plo, yo po­dría ha­ber pre­fe­ri­do ju­gar en la NBA o ser pit­cher de béis­bol. Pe­ro no te­nía el ta­len­to ne­ce­sa­rio. Por mu­cho que me hu­bie­se es­for­za­do en in­ten­tar ejer­cer con­trol so­bre mi des­tino, no lo ha­bría cam­bia­do. No sé qué ha­bría si­do de mi vi­da si no hu­bie­ra co­no­ci­do a los chi­cos que tu­vie­ron la es­tú­pi­da idea de mon­tar un tea­tro. Una idea que, por cier­to, al fi­nal re­sul­tó no ser tan es­tú­pi­da". 5. Sé me­nos am­bi­cio­so. "Los lo­gros pue­den ser el re­sul­ta­do de la am­bi­ción o de la mo­ti­va­ción. Creo que ten­go mu­cha mo­ti­va­ción, pe­ro na­da de am­bi­ción. Nun­ca la he te­ni­do. No guar­do una opi­nión es­pe­cial­men­te bue­na de la am­bi­ción. Pien­so en la am­bi­ción co­mo la ne­ce­si­dad de de­mos­trar al­go a los de­más y de ser re­co­no­ci­do. La ne­ce­si­dad de que te re­com­pen­sen des­de el ex­te­rior. Por el con­tra­rio, la mo­ti­va­ción te lle­va a ha­cer lo que sea que es­tés ha­cien­do de la me­jor ma­ne­ra po­si­ble. Esa es una di­fe­ren­cia im­por­tan­te y siem­pre ha si­do así. Era tan cier­to ha­ce 40 años cuan­do em­pe­cé co­mo lo es aho­ra".

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• de 28 años tie­ne un pe­di­grí de es­ti­lo sin igual. La bis­nie­ta de Dia­na Vree­land es tam­bién la úl­ti­ma 'chi­ca ma­la' de Los Án­ge­les, un sen­sa­ción en Ins­ta­gram y la nue­va mu­sa de los front rows de las pa­sa­re­las. Y aquí des­ve­la al­guno de sus se­cre­tos me­jor guar­da­dos...

GQ: Cla­si­fi­ca en or­den de prio­ri­dad: vino tin­to, se­xo, pas­ta, mú­si­ca, moda. CA­RO­LI­NE VREE­LAND: ¡Me va a ser di­fí­cil! Va­le. Ahí va: se­xo, pas­ta, mú­si­ca, vino y moda. GQ: ¿Tin­der o vi­da real? C. V.: Siem­pre vi­da real. Y pre­fe­ri­ble­men­te sen­tar­me so­la en un bar. No ol­vi­de­mos que ser un so­li­ta­rio siem­pre es sexy. GQ: ¿Snap­chat o Ins­ta­gram? C. V.: Snap­chat, siem­pre. GQ: Sel­fies en to­pless a lo Emily Ra­taj­kows­ki y Kim Kar­das­hian: ¿A fa­vor o en con­tra? C. V.: Yo creo que mien­tras no ha­ga mal a na­die, la gente de­be­ría po­der ex­pre­sar­se co­mo quie­ra. De­fi­ni­ti­va­men­te a fa­vor. GQ: ¿Qué li­bro cam­bió tu vi­da y por qué? C. V.: Cri­men y cas­ti­go de Dos­toievsky. Me fas­ci­na la idea del po­der de la men­te hu­ma­na y de có­mo al­guien pue­de con­ven­cer­se a sí mis­mo de que es in­fa­li­ble, por en­ci­ma de la ley, e in­clu­so jus­ti­fi­car el ase­si­na­to. In­quie­tan­te. GQ: ¿Cuál ha si­do el me­jor be­so de tu vi­da? C. V.: Un ex que no de­be­ría ser nom­bra­do... Me be­só tan in­ten­sa­men­te a tra­vés de la ven­ta­ni­lla del co­che, al des­pe­dir­nos, que tu­ve que pa­rar en el ar­cén du­ran­te diez mi­nu­tos. Tam­bién una vez hi­ce que una mu­jer no des­pe­ga­se sus ojos de mí mien­tras me acer­ca­ba a ella; nos be­sa­mos con los ojos abier­tos. Fue muy in­ten­so. GQ: ¿Cuál es tu ras­go fí­si­co fa­vo­ri­to? C. V.: Mis ojos. GQ: ¿Qué es lo que más te gus­ta de tu for­ma de ser? C. V.: Mi ha­bi­li­dad pa­ra de­tec­tar el do­lor en los de­más y pa­ra reír­me de mí mis­ma. GQ: ¿Cuál es tu peor há­bi­to? C. V.: In­te­rrum­po y soy una bo­cazas. GQ: ¿Cuál ha si­do el úl­ti­mo men­sa­je que has man­da­do? C. V.: Un men­sa­je a la una de la ma­dru­ga­da a uno de los chi­cos que me ta­túan, mo­les­tán­do­le acer­ca de si po­día o no me­tér­me en la pis­ci­na, o en la ba­ñe­ra, con mi nue­vo ta­too de la es­pal­da. GQ: ¿Qué es lo que más te gus­ta de L. A.? C. V.: Jum­bo's Clown Room [un club de strip­tea­se], y que mi ma­dre vi­ve allí. GQ: Di­nos un se­cre­to so­bre ti. C. V.: Mis pe­chos son de ver­dad y leo li­bros so­bre dra­go­nes.

POR

POR EDUAR­DO BOILLOS EN BUE­NAS MA­NOS "Cuan­do un hom­bre en­cuen­tra un buen sas­tre ca­mi­se­ro, ha re­suel­to uno de sus pe­que­ños-gran­des pro­ble­mas", ase­gu­ra. Y co­mo ejem­plo ci­ta la tien­da San­ta Eu­la­lia, en Bar­ce­lo­na.

PU­RO EXO­TIS­MO El per­so­na­lí­si­mo es­ti­lo ro­mán­ti­co del ac­tor y su pa­sión por la moda se ma­te­ria­li­zan en su pro­pia fir­ma de moda, de­no­mi­na­da Tech­no­bohe­mian. • CLAY SKIPPER

¡Adiós, Ca­ro­li­ne! Un pla­cer.

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