El cu­rio­so ca­so de ben­ja­min cle­men­ti­ne

El hom­bre con la voz más emo­cio­nan­te de Reino Uni­do pa­re­ce ha­ber sa­li­do de la na­da, co­mo un fan­tas­ma. Es ho­ra de des­cu­brir de dón­de vie­ne (y dón­de com­pra sus abri­gos).

GQ (Spain) - - Ellos -

La his­to­ria vi­tal de Ben­ja­min Cle­men­ti­ne sue­na de­ma­sia­do ro­mán­ti­ca pa­ra ser cier­ta. Es­te poe­ta y mú­si­co de 27 años cre­ció en uno de los ba­rrios más de­pri­mi­dos de Lon­dres y no le que­dó más re­me­dio que re­fu­giar­se en las lec­tu­ras de Wi­lliam Bla­ke y T. S. Eliot que en­con­tra­ba en la bi­blio­te­ca mu­ni­ci­pal. A los 16 años se mar­chó de ca­sa y aca­bó ga­nán­do­se la vi­da co­mo can­tan­te ca­lle­je­ro en Pa­rís. Co­mo si de una pe­lí­cu­la se tra­ta­ra, al­guien lo des­cu­brió y el año pa­sa­do pu­bli­có su álbum de­but, At Least for Now, por el que re­ci­bió el pre­mio Mer­cury. Pren­das an­ti­guas, al­mas an­ti­guas. "Cuan­do mi her­mano y yo éra­mos jó­ve­nes so­lía­mos ir a com­prar tra­jes a las tien­das de se­gun­da mano", nos cuen­ta Cle­men­ti­ne. "La gen­te tien­de a juz­gar a las per­so­nas por la ro­pa que lle­van. No­so­tros lo des­cu­bri­mos cuan­do em­pe­za­mos a ves­tir de tra­je y de re­pen­te to­do el mun­do nos tra­ta­ba con res­pe­to".

Abri­gos mi­li­ta­res. Cle­men­ti­ne sue­le lu­cir so­bre el es­ce­na­rio enor­mes abri­gos over­si­ze: "Cuan­do vi­vía en Pa­rís los com­pra­ba en tien­das vin­ta­ge. Me los po­nía por­que me mo­ría de frío, pe­ro más tar­de em­pe­cé a lle­var­los en los con­cier­tos. Me ha­cen sen­tir se­gu­ro".

Black is black.

"No dis­tin­go bien los co­lo­res, por eso lle­vo pren­das os­cu­ras. En ese sen­ti­do soy muy básico, me en­can­ta el ne­gro. Pe­ro hay que ser cons­cien­te de lo que lle­vas pues­to, ya que tal vez aca­bes pa­re­cién­do­te a aque­llo que vis­tes".

El eterno re­torno. "Na­da es más du­ro que can­tar una can­ción ver­da­de­ra, una tris­te can­ción ver­da­de­ra. La gen­te no siem­pre se da cuen­ta de que yo, co­mo in­tér­pre­te, de­bo re­vi­vir to­dos esos mo­men­tos. Los re­cuer­dos ex­plo­tan en mi ca­be­za, de­bo pen­sar en el pa­sa­do y en las ra­zo­nes que me lle­va­ron a es­cri­bir aque­llo. Así es co­mo lle­ga la emo­ción".

POR AMANDA PETRUSICH

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