Se apun­tó a dos agru­pa­cio­nes so­cia­lis­tas y se con­vir­tió en una ac­ti­vis­ta en de­fen­sa de una de­mo­cra­cia que no exis­tía

Historia de Iberia Vieja - - EL PERSONAJE - Ma­ri­na Ve­ga

años y años–, pri­me­ro tra­ba­jó en un co­le­gio con niños de­fi­cien­tes y des­pués en una ofi­ci­na. Los días en Es­pa­ña pa­sa­ron len­ta­men­te pa­ra Ma­ri­na, que no tar­da­ría en ver mo­rir a su pa­dre.

La so­le­dad se hi­zo pa­ten­te en su vi­da. No ha­bía te­ni­do una ju­ven­tud di­cho­sa, de he­cho no ha­bía te­ni­do una ju­ven­tud. Nun­ca pu­do preo­cu­par­se de si un chi­co le gus­ta­ba o no, de si la iba a co­ger la mano. Ha­bía em­pe­za­do a ser adul­ta a los 12 años, cuan­do se fue a Fran­cia con la fa­mi­lia ami­ga de sus pa­dres. A los 15, co­gía las jo­yas de su ma­dre y se iba a ven­der­las pa­ra po­der te­ner al­go de di­ne­ro pa­ra co­mer.

La pri­me­ra vez que sa­lió con un chi­co ha­bía cum­pli­do los 30 años, un hom­bre que acu­dió rau­do y ve­loz a la co­mi­sa­ría la pri­me­ra vez que la de­tu­vie­ron y tam­bién la se­gun­da. La que­ría tal y como era, y Ma­ri­na no ha­bía re­gre­sa­do a Es­pa­ña pa­ra sen­tar­se y es­pe­rar a ver como en­ve­je­cía el dic­ta­dor. Se apun­tó a dos agru­pa­cio­nes so­cia­lis­tas y se con­vir­tió en una ac­ti­vis­ta de a pie en de­fen­sa de la de­mo­cra­cia que no exis­tía y los de­re­chos hu­ma­nos. Mon­ta­ba huel­gas y asam­bleas, que siem­pre aca­ba­ban con la pre­sen­cia de la Po­li­cía.

Una de las ve­ces que fue de­te­ni­da, su no­vio acu­dió a pe­dir cle­men­cia al director ge­ne­ral de la Po­li­cía, al que co­no­cía bas­tan­te bien. El man­do le in­qui­rió si sa­bía quién era esa chi­ca y le res­pon­dió: “Si tú su­pie­ras…”.

du­ran­te una en­tre­vis­ta en su ca­sa de Ma­drid en el año 2008 (fo­to: Ma­nuel Es­ca­le­ra / El País).

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