EL VO­LUN­TA­RIO que se iba a con­ver­tir en pro­fe­sio­nal

Historia de Iberia Vieja - - LA LUPA SOBRE LA HISTORI -

Un ca­so es­pe­cial es el del ca­bo pri­me­ro Joa­quín Ibarz Ca­ta­lán. Al­gu­nos, al ser des­ti­na­dos al Saha­ra, caían en las re­des de cap­ta­ción de la Le­gión y Pa­ra­cai­dis­tas que iban al BIR y ofre­cían a los re­clu­tas rea­li­zar el SMO co­bran­do mu­cho más, co­mien­do me­jor, y vi­vien­do aven­tu­ras. Al­gu­nos se apun­ta­ban… No sa­be­mos có­mo y por qué lo hi­zo Joa­quín. Ha­bía lle­ga­do al pues­to de Hau­sa, cer­ca de Mah­bes, el 29 de ju­lio del 75, con su sec­ción, pa­ra re­le­var a otra. La no­che del 2 de agos­to 35 ma­rro­quíes se in­fil­tra­ron con lan­za­gra­nas RPG7 acom­pa­ña­dos de un saha­raui de­ser­tor de la Po­li­cia Te­rri­to­rial que ha­bía es­ta­do des­ti­na­do allí. A unos 100 me­tros dis­pa­ra­ron los RPG7 y al­can­za­ron a dos Land Ro­ver. Al mis­mo tiem­po, otros en­tra­ron en la po­si­ción y se acer­ca­ron a otros seis vehícu­los en uno de los cua­les dor­mía Ibarz. Al des­per­tar­se por el rui­do, y le­van­tar­se, se en­con­tró de fren­te con los ma­rro­quíes que le dis­pa­ra­ron y ma­ta­ron. Es­tos su­frie­ron dos he­ri­dos y se re­ti­ra­ron. Su­pie­ron que eran ma­rro­quíes y no saha­rauis por­que no ha­bla­ban has­sa­nia y de­ja­ron res­tos de ma­te­rial y uni­for­mes de ese ejér­ci­to y, so­bre to­do, na­ran­jas, al­go que no con­su­mían los saha­rauis. Joa­quín, de 23 años, na­tu­ral de Me­qui­nen­za (Za­ra­go­za), ha­bía aprobado el in­gre­so en la aca­de­mia de sub­ofi­cia­les y de­bía in­cor­po­rar­se a ella el 1 de sep­tiem­bre. Da­do que ha­bía in­gre­sa­do en la Bri­ga­da Pa­ra­cai­dis­ta en 1973, a los 21 años, es de su­po­ner que fue de los que cap­ta­ron es­tan­do en el SMO y des­pués se re­en­gan­chó.

Se­gún cuen­ta un ve­te­rano en un fo­ro de In­ter­net, en el ata­que en que mu­rió Ibarz se pro­du­jo un he­cho cu­rio­so. En el bo­ti­quín se guar­da­ban tam­bién las cer­ve­zas. Un pa­ra­cai­dis­ta es­ta­ba ro­bán­do­las cuan­do se pro­du­jo el ata­que y dis­pa­ró a los ma­rro­quíes des­de la puer­ta del dis­pen­sa­rio, re­pe­lién­do­los e hi­rien­do a dos, lo que pro­vo­có su re­ti­ra­da. Co­mo el úni­co que de­bía es­tar en ese lu­gar era el sa­ni­ta­rio, es­te, a pe­sar de que no se mo­vió de su ca­ma has­ta más tar­de, fue con­de­co­ra­do. El la­drón se ca­lló y evi­tó ser cas­ti­ga­do.

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