La vio­len­cia, otra vez cul­pa del vi­deo­jue­go

Hobby Consolas - - ACTUALÍZATE -

Al hi­lo de los úl­ti­mos ti­ro­teos en es­cue­las y uni­ver­si­da­des de EE.UU., se ha vuel­to a re­abrir el siem­pre po­lé­mi­co te­ma de la vio­len­cia en los vi­deo­jue­gos. ¿Hay que le­gis­lar­la? ¿Hay que ser más res­tric­ti­vos? ¿El sis­te­ma ac­tual es vá­li­do? ¿Es res­pon­sa­bi­li­dad del desa­rro­lla­dor con­tro­lar el con­te­ni­do?

Qué que­réis que os di­ga. Me pa­re­ce una es­tu­pi­dez su­pi­na in­ten­tar cul­par al vi­deo­jue­go de un mal en­dé­mi­co de la so­cie­dad (so­bre to­do de la ame­ri­ca­na, por la fa­ci­li­dad con la que se ac­ce­de a las ar­mas). Por dis­pa­rar en un jue­go, ¿voy a ser ca­paz de atra­ve­sar esa ba­rre­ra en la reali­dad y aca­bar con al­guien de car­ne y hue­so? Es más: ¿se­ría ca­paz de ha­cer­lo sin nin­gún mo­ti­vo?

¿Son real­men­te los jue­gos ac­tua­les tan vio­len­tos co­mo pa­ra con­ver­tir a una per­so­na nor­mal en una má­qui­na de ma­tar? Yo creo que ten­go más o me­nos cla­ras las res­pues­tas, y creo que el pro­ble­ma es otro. La so­cie­dad siem­pre en­cuen­tra nue­vas for­mas de pro­mo­ver la vio­len­cia (ci­be­ra­co­so, sin ir más le­jos), y es la per­so­na que la re­ci­be, nor­mal­men­te el es­la­bón más dé­bil de la ca­de­na, la que aca­ba sal­tan­do por los ai­res tras su­pe­rar cier­tos ni­ve­les de pre­sión (ex­cep­tuan­do los ca­sos en los que la per­so­na tie­ne una ta­ra pre­via). Es co­mo si no sa­le el va­por de una olla, que tar­de o tem­prano re­vien­ta. Pe­ro de eso no se ha­bla. Es más fá­cil acha­car esa vio­len­cia a los vi­deo­jue­gos, cuan­do ni tan si­quie­ra se ha­bla de re­gu­lar otros me­dios o ex­pre­sio­nes cul­tu­ra­les (que, in­sis­to, tam­po­co se­ría la cla­ve). Sin ir más le­jos, la os­ca­ri­za­da "La for­ma del agua" tie­ne al­gu­nas es­ce­nas de ex­tre­ma cruel­dad... y no pa­sa na­da, na­die ha pues­to el gri­to en el cie­lo. Aplau­sos, Ós­cars, qué be­lla plás­ti­ca­men­te ha­blan­do... Y to­dos tan con­ten­tos, pe­ro de me­ter los de­dos en agu­je­ros de ba­la, ni pío.

Ade­más, se­ña­lar de una for­ma tan in­me­re­ci­da al vi­deo­jue­go lle­va pa­re­ja otra in­jus­ti­cia que me pa­re­ce peor aún: ¿y qué pa­sa con la can­ti­dad de vi­deo­jue­gos que pro­mue­ven va­lo­res e his­to­rias de las que to­can el al­ma? ¿Qué pa­sa con Theun­fi­nis­hed Swan, Jour­ney, Wha­tre­main­sof Edith­finch o el más re­cien­te Flo­re­ce pa­ra mó­vi­les? Y es más: si fi­nal­men­te se re­gu­la la vio­len­cia de los jue­gos en Es­ta­dos Uni­dos y aca­ba afec­tan­do al con­te­ni­do de és­tos, ¿en qué se con­ver­ti­rán con­sa­gra­das se­ries pa­ra adul­tos co­mo GTA, Ca­llof­duty o Red­dea­dre­dem­ption? ¿Sig­ni­fi­ca­ría es­to que nos lle­ga­rían jue­gos cen­su­ra­dos a Eu­ro­pa? ¿No cho­ca es­to, al fi­nal, con la li­ber­tad de ex­pre­sión, que es un de­re­cho fun­da­men­tal de cual­quier país mí­ni­ma­men­te "ci­vi­li­za­do"?

Por suer­te, en nues­tro país, es­te de­ba­te es­tá a otro ni­vel, pe­ro, con la glo­ba­li­za­ción, es­tá por ver en qué me­di­da nos afec­ta­rá. Lo úni­co que ten­go cla­ro es que re­gu­lar y li­mi­tar el con­te­ni­do de los vi­deo­jue­gos no es la cla­ve. La res­pues­ta es­tá en la edu­ca­ción de to­das las par­tes (y en que na­die ten­ga ac­ce­so a ar­mas).

Me pa­re­ce una es­tu­pi­dez su­pi­na in­ten­tar cul­par al vi­deo­jue­go de un mal en­dé­mi­co de la so­cie­dad, so­bre to­do de la ame­ri­ca­na

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