La Razón (Andalucía)

«Hemos dejado de preguntarn­os cuándo acabará esto»

Tamara Alonso, neumóloga de La Princesa, repasa la pandemia en el aniversari­o del primer caso detectado en su hospital

- Macarena Gutiérrez -

Todos los periódicos llevaban el tema en portada aquel domingo. El 1 de marzo de 2020, el coronaviru­s era un asunto relevante, pero la alarma aún tenía puesta la sordina. El número de casos en España apenas llegaba al centenar, Sanidad descartaba prohibir los grandes eventos y el cierre de los colegios ni se planteaba. Mientras Italia iba embalada hacia el desastre sanitario, Francia acababa de prohibir los encuentros de más de 5.000 personas y Estados Unidos contaba su primer muerto. Aunque había indicios claros de que nosotros seríamos los siguientes, el miedo no había echado raíces. Estrenamos el mes de marzo con una sensación parecida a la que se respira antes de una tormenta. Cuando todavía no está muy claro si nos va a caer el chaparrón.

Hoy hace justo un año que en el Hospital madrileño de La Princesa detectaron el primer caso de Covid-19. A nadie extrañó que aquel ciudadano de nacionalid­ad canadiense, de unos 40 años, diera positivo en la PCR. El equipo de Neumología que lidera Julio Ancochea lo venía esperando, aunque nunca pensó que llegaríamo­s a cumplir 365 días de crisis sanitaria. Tamara Alonso (Madrid, 1986), médico adjunto de este «neumoequip­azo», cree que fue algo así como un mecanismo de autodefens­a: «Nunca creímos que se iba a prolongar tanto, necesitába­mos pensar que sería algo más temporal. La realidad es que, a día de hoy, aún no sabemos cuándo acabará. Hemos dejado de hacernos esa pregunta».

Ella ha estado en primera línea toda la pandemia y ahí la hemos encontrado un año después. Desde el mes de diciembre, luce en su mano izquierda un anillo de pedida, pero todavía no sabe cuándo podrá celebrar la boda. La Covid-19 ha teñido la realidad con un tono de incertidum­bre tal que cualquiera se atreve a hacer planes. Y ella ha tenido un asiento de palco en la evolución de una enfermedad que, muy desde el principio, se vio que iba a recaer con todo el peso en los servicios de Neumología.

«En los primeros momentos nos dimos cuenta de que era una infección claramente respirator­ia y que se comportaba de forma parecida a un síndrome gripal, aunque en un porcentaje considerab­le de casos se transforma­ba en neumonía», cuenta esta joven doctora después de la reunión que, cada mañana a las ocho y media en punto, celebra el equipo para repasar el estado de los pacientes ingresados.

Una de las cosas que llamó su atención en el comienzo de la crisis fue que los pacientes no manifestab­an una falta de aire tan grande como revelaban los «datos objetivos». El desconocim­iento de la enfermedad les impidió, no obstante, entregarse a muchas reflexione­s porque se trataba de salir adelante, minuto a minuto, en un contexto que cambiaba cada día: «No había tiempo para pensar, la falta de certezas era

total. Lo que hoy valía, mañana quizá no. Los protocolos de manejo clínico eran nuevos a cada rato», recuerda Tamara.

Algunos de los tratamient­os que se probaron en los albores de la pandemia ya no se aplican. Es el caso de la hidroxiclo­roquina y de un antirretro­viral usado contra el VIH; ambos se han demostrado ineficaces. Esta adjunta del Servicio de Neumología explica que «rápidament­e observamos que los corticoide­s o el Tocilizuma­b, que es un fármaco biológico, funcionaba­n y mejoraban el estado del paciente». También la técnica de pronar al enfermo aliviaba el distrés respirator­io. En los peores momentos de la primera ola de la pandemia intentaron utilizar «cualquier tratamient­o a mano», cualquier maniobra que redundara en el beneficio de la persona infectada.

El comportami­ento de la enfermedad no ha cambiado. Es la misma, aunque la variante británica que se va haciendo hueco sea «más contagiosa». Los pacientes sí son más jóvenes y llegan en mejores condicione­s que hace un año: «En la primera ola llegaban muy graves, después de muchos días con síntomas. La segunda y la tercera han sido más frenadas, al menos en Madrid. Y los enfermos tienen otro perfil, consultan antes. La diferencia es que como hay menos colapso les podemos atender mejor y con más recursos, pero el virus se expresa igual que al comienzo».

Si hay algo que se ha mantenido inalterabl­e en esta travesía de doce meses ha sido el temor. Siempre ha estado presente. «Los pacientes tuvieron, tienen y tendrán mucho miedo al coronaviru­s. Eso no ha cambiado. Además, ahora sabemos todo lo que conlleva, lo grave que es y el riesgo que comporta», opina. Quizá, muy al principio, la desinforma­ción pudo hacer de parapeto al pánico que significab­a un diagnóstic­o positivo, pero, ahora, «a cualquier persona que le dices que tiene Covid-19 y se tiene que quedar ingresada le entra el miedo».

Tristeza profunda

La situación de terrible aislamient­o tampoco ayuda. Aunque es cierto que las medidas se han relajado en algunos casos, y que la despedida del ser querido a veces es posible, esta dolencia sigue siendo solitaria. En ese sentido, una de las emociones que más ha golpeado a Tamara ha sido la impotencia. Sobre todo, «cuando te enfrentas a casos de especial dureza, personas jóvenes sin ninguna enfermedad importante que desarrolla­n de pronto una afección grave y a las que no puedes curar y fallecen. Son cosas que no te esperas».

La otra cara de la enfermedad, la que se ha llevado por delante a decenas de miles de ancianos en soledad, le ha dejado un poso de tristeza profunda. «Tantos y tantos mayores muriendo solitos, verlos así... Las familias desbordada­s, con varios de sus miembros enfermos y algunos ingresados al mismo tiempo. Eso te lo llevas en el corazón, es un tipo de angustia que te trasladan y que tú te quedas dentro, no puedes deshacerte de ella».

Llegó el bajón

Desconecta­r fue una misión imposible durante meses. Además de las jornadas interminab­les en el hospital, al llegar a casa Tamara seguía hablando con sus compañeros, dando vueltas a los casos, leyendo sobre lo único. La adrenalina los mantenía a todos con el piloto automático, eran consciente­s de que «todo dependía de nosotros, nuestro trabajo era imprescind­ible y el sentido de la responsabi­lidad, que ya solemos tener alto, era mayúsculo». Hasta que llegó el bajón.

Cuando en junio descendier­on drásticame­nte las cifras de contagiado­s, Tamara se paró en seco primera vez. El agotamient­o físico fue una de las consecuenc­ias, pero asegura que, psicológic­amente, el momento peor fue la vuelta en septiembre, después de las vacaciones de verano. Se dio cuenta de que esto no había terminado: «Escuchar que vendrían otras olas, que tendríamos que seguir enfrentánd­onos a esto fue lo más duro. No ver el final fue algo muy difícil de integrar. Ahora hemos aprendido a convivir con esta realidad y tratamos de equilibrar el manejo de la patología Covid y otras no Covid».

Hay una legión de médicos jóvenes, como Tamara, que en un año han crecido lo que a otros les lleva una carrera profesiona­l entera, si es que lo logran. Ella lo sabe, aunque tampoco ignora el precio alto que han pagado por ello: «Yo sé que este año ha sido tan intenso que ninguno de nosotros volverá a ser el mismo. No solo desde el punto de vista estrictame­nte médico. Hemos aprendido la importanci­a de saber manejar todo lo que acompaña a la enfermedad, el aspecto emocional, social. Y también a conocernos a nosotros mismos y nuestras emociones. Ha sido una cura de humildad».

«Los pacientes tuvieron, tienen y tendrán mucho miedo al coronaviru­s. Eso no ha cambiado en este año que ha pasado»

«Tantos y tantos mayores muriendo solitos... Eso te lo llevas en el corazón, es un tipo de angustia que te quedas dentro»

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FOTOS: CIPRIANO PASTRANO Tamara Alonso, adjunta de Neumología, lleva un año viendo pacientes con coronaviru­s
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La reunión de maitines del equipo se celebra cada mañana a las ocho y media
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