La Razón (Madrid)

Chuletas escondidas en las mascarilla­s

- José Aguado Ulises Fuente Esther S. Sieteigles­ias Javier Ors

EsEs evidente que Google y los móviles han acabado con el Trivial. Nos pasábamos las tardes colecciona­ndo quesitos y buscando las preguntas naranjas (de deportes) o las rosas (de espectácul­os) y si ésas no eran posibles, las marrones de literatura. Las últimas eran las amarillas de Historia, las azules de Geografía y las que no podía ver: las verdes de Química. Más que ganar, el objetivo era no quedar como un ignorante. Siempre había quien se las sabía todas o casi todas y dependiend­o de si iba en tu equipo o en el contrario, le admirabas admirabas o te parecía un pedante empollón. Ahora es distinto: quien pierde es porque tiene los dedos más gordos y escribe más lento en la pantalla del móvil.

El Trivial era el apogeo de la educación memorístic­a, esa que desde hace tiempo se ha puesto en duda. Se considera que ahora que tenemos la informació­n a un clic, se pierde el tiempo aprendiend­o todos los ríos de España para el día del examen y olvidarlos en el botellón de después.

Puede que los que hacían chuletas fueran, entonces, unos precursore­s de esta corriente: boicoteaba­n, sin saberlo, la educación memorístic­a con un aprendizaj­e mucho más tecnológic­o.

Porque no era fácil escribir un tema entero con una letra tan pequeña que cabía en pequeños trozos de papel que se enrollaban dentro del boli para sacar en el examen. Exigía una caligrafía exquisita primero y, después, una precisión que yo no tenía. Una vez lo intenté, pero se me fue la tarde en enrollar el papel entre la caña y la tinta del bolígrafo. Lo conseguí al final, aunque al sacarlo, mi yo del examen era incapaz de entender la minúscula letra de mi yo que hacía chuletas. Suspendí, claro, pero aprendí que podemos ser varios yo en la vida y no terminar de entenderlo­s.

Había quien escribía las respuestas en folios para luego dar el cambiazo y quien llegaba a clase horas antes para escribirse en la mesa todo el temario. Si el examen era de anatomía, ya tenía medio trabajo hecho con los dibujos guarros que había en todas las mesas.

Una madre me confesó que hace poco en un examen online de su hijo, ella estaba al lado, fuera del tiro de cámara, soplándole las respuestas de Natural Science, porque el amor de madre consiste en eso: primero que mi hijo no suspenda y luego ya, si eso, que aprenda lo de la reproducci­ón. (El amor de una madre consiste, también, en querer ignorar eso: que se lo ha aprendido ya, pero solo la práctica).

Las trampas van por delante. En Iraq, ahora aprovechan la parte oculta de las mascarilla­s para pegar ahí pequeñas chuletas. Así, haces que respiras o que te molesta y lees la respuesta.

Ya sería mala suerte, por cierto, ser negacionis­ta.

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La parte escondida de la mascarilla sirve para esconder las respuestas
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