La Vanguardia (1ª edición)

“El po­li­cía no de­be­ría ser un ciu­da­dano sino un su­per­ciu­da­dano”

41 años. Na­cí en Tou­lou­se. Vi­vo en Pa­rís. Sol­te­ro. Li­cen­cia­do en De­re­cho. Po­lí­ti­ca­men­te des­es­ta­bi­li­za­do: ca­da vez que se pre­sen­ta un can­di­da­to en Fran­cia des­cu­bri­mos sus tra­pos su­cios, to­dos los ca­sos de co­rrup­ción que arras­tra. Y no hay ni uno que esté l

- IMA SAN­CHÍS

LTie­nen el mis­mo mo­tor que los cri­mi­na­les: el po­der y el di­ne­ro.

Us­ted se mar­chó.

Sí, de los 17 a los 19 años me fui de mi­sión hu­ma­ni­ta­ria y ra­ti­fi­qué mi idea de que ja­más se­ría fe­liz si no ha­cía al­go pa­ra el otro. Al re­gre­sar me apun­té a la po­li­cía.

Ate­rro­ri­zan con sus fur­go­nes, tra­jes y po­rras ne­gras, son co­mo el co­co.

No so­mos otra co­sa que el re­fle­jo de la so­cie­dad. Hay vio­len­tos, cre­ti­nos, fas­cis­tas, ra­cis­tas, se­xis­tas, pe­ro son un 5%.

El abu­so de po­der es­tá a la or­den del día.

Cuan­do le das po­der a al­guien, hay una es­pe­cie de bo­rra­che­ra. Ca­da año en Fran­cia hay tres o cua­tro ca­sos de po­li­cías que son lle­va­dos an­te la jus­ti­cia, no son tan­tos, pe­ro le en­tien­do.

En EE.UU. se ce­ban con los ne­gros.

“No­so­tros con los ne­gros va­mos de sa­fa­ri”, me di­jo un po­li­cía nor­te­ame­ri­cano. Pe­ro sin du­da hay cow­boys y vio­len­tos en to­das partes.

Si­go sin en­ten­der qué ha­cía us­ted ahí.

Mi mo­tor no es ir a la ca­za de cri­mi­na­les, sino res­ta­ble­cer una si­tua­ción de in­jus­ti­cia pa­ra con una víc­ti­ma, ser útil. En­tien­do la po­li­cía co­mo un ofi­cio de pre­ven­ción y no de re­pre­sión,

pe­ro sé que soy un ov­ni en ese mun­do.

Se per­ci­be, por eso in­sis­to.

Cuan­do vol­ví a Fran­cia mi pa­dre me hi­zo tres che­ques: uno pa­ra es­tu­diar, otro pa­ra un pi­so y otro pa­ra el co­che.

Un pa­dre ge­ne­ro­so.

La con­di­ción era que es­tu­dia­ra De­re­cho. Los re­cha­cé, que­ría ser po­li­cía. Y com­pro­bé que efec­ti­va­men­te ha­bía una par­te de la po­li­cía que era la que us­ted des­cri­be y te­me, y fue eso lo que me hi­zo com­pren­der que allí te­nía mi lu­gar.

Se con­vir­tió en ofi­cial de po­li­cía.

Sí, y to­da la gen­te que es­ta­ba a mi car­go eran uni­ver­si­ta­rios, por eso de­ci­dí li­cen­ciar­me.

Es­tu­vo en la ex-Yu­gos­la­via, don­de los cas­cos azu­les abu­sa­ron de mu­je­res y ni­ñas.

Sí, por eso for­mé par­te de una bri­ga­da an­ti­vio­la­ción cua­tro años. Me pa­re­ce un cri­men te­rri­ble por­que las con­se­cuen­cias son du­rí­si­mas. Y en Fran­cia hay una vio­la­ción ca­da dos mi­nu­tos.

Qué bar­ba­ri­dad.

...Y sí, hay po­li­cías in­ca­pa­ces de ha­blar co­rrec­ta­men­te con una mu­jer que lo ha su­fri­do. A ve­ces son re­ci­bi­das en co­mi­sa­ría co­mo si fue­ran res­pon­sa­bles de su vio­la­ción, les pre­gun­tan có­mo de cor­ta era su fal­da o si ha­bían acep­ta­do una co­pa de su vio­la­dor, y eso es ma­chis­mo.

¿Por qué hay tan­to bru­to?

El hom­bre es bru­tal res­pec­to a la mu­jer. Tres mu­je­res por se­ma­na son ase­si­na­das por sus ma­ri­dos. Pe­ro la en­tien­do: el po­li­cía no de­be­ría ser un ciu­da­dano sino un su­per­ciu­da­dano.

¿Qué más ha apren­di­do?

El tra­ba­jo de gru­po. De­bes crear tu ma­na­da, una es­pe­cie de fa­mi­lia, y só­lo con­fiar en ellos, por­que sien­do po­li­cía he cons­ta­ta­do que cual­quier per­so­na pue­de de­rra­par.

De­be de ser te­rri­ble re­pri­mir una manifestac­ión con la que es­tás de acuer­do.

Va­rias ve­ces el co­mi­sa­rio me pi­dió que for­ma­ra par­te de gru­pos pa­ra ir a ma­ni­fes­ta­cio­nes de es­tu­dian­tes y me ne­gué.

¿Y eso no trae con­se­cuen­cias?

No fui amo­nes­ta­do por­que te­nía muy bue­nos re­sul­ta­dos. Yo no es­toy de acuer­do en que se in­te­rro­gue a ex­tran­je­ros en si­tua­ción irre­gu­lar si an­tes no han co­me­ti­do una in­frac­ción o de­li­to.

¿Por qué?

Mi abue­lo po­la­co era un ex­tran­je­ro en si­tua­ción irre­gu­lar. En dos oca­sio­nes li­be­ré a per­so­nas de un arres­to pro­vi­sio­nal y mi je­fe me ad­vir­tió de que se­ría ex­pul­sa­do. En otra oca­sión pe­dí rea­li­zar un con­trol en la co­la de es­pe­ra en la que se ges­tio­na­ban los pa­pe­les de los sim­pa­pe­les.

Eso es ruin.

Sí, pe­dir pa­pe­les a las 6 de la ma­ña­na en una co­la de 300 per­so­nas. Por la no­che re­dac­té en va­rios idio­mas: “Cui­da­do. Ma­ña­na a las seis hay con­trol de po­li­cía”, y mi equi­po se apun­tó a pa­sar la no­che col­gan­do esos car­te­les.

¿Qué pa­só al día si­guien­te?

Los pri­me­ros que lle­ga­ron arran­ca­ron los pa­pe­les, de­ja­ron que otros hi­cie­ran la co­la y fue­ran fi­cha­dos. Ter­mi­na­do el con­trol fue­ron los pri­me­ros de la co­la, ase­gu­rán­do­se así ser re­ci­bi­dos. Nun­ca hay que sub­es­ti­mar la mal­dad hu­ma­na. So­mos ani­ma­les.

Los otros ani­ma­les no ha­cen es­tas co­sas.

Tie­ne ra­zón. El hu­mano de­be lu­char por no cen­tra­li­zar su vi­da en fun­ción de su pro­pio in­te­rés. Su­pe­rar ese egoís­mo exi­ge mu­cho es­fuer­zo, o tam­bién pue­des dar­te cuen­ta de que só­lo eres fe­liz ha­cien­do al­go por el otro. Aun así, que tu cau­sa sea su­pe­rior a ti es al­go po­co co­mún.

Sí, nos fal­ta un her­vor.

¿Co­no­ce la jun­gla de Ca­lais? Te­nía­mos ca­pa­ci­dad de ocu­par­nos de to­dos esos re­fu­gia­dos. Me im­pac­tó tan­to la reac­ción de Fran­cia que de­ci­dí que se­ría el te­ma de mi pró­xi­mo libro y me fui a vi­vir con ellos. Esa gen­te só­lo tie­ne ga­nas de una co­sa: vi­vir en paz.

Co­mo su abue­lo...

Sí, hui­do de un cam­po de con­cen­tra­ción , un ile­gal en Fran­cia. Los emi­gran­tes tie­nen un ham­bre bu­lí­mi­ca por la vi­da. Mi abue­lo le dio a mi pa­dre la me­jor for­ma­ción y su hi­jo ha que­ri­do pro­te­ger a los ciu­da­da­nos fran­ce­ses, he aquí lo que un emi­gran­te pue­de apor­tar a un país.

¿Cuál es su es­pe­ran­za?

Ten­go po­ca. To­das las ci­vi­li­za­cio­nes han si­do cons­cien­te de lo que les es­ta­ba lle­van­do a la des­truc­ción, pe­ro en lu­gar de pa­rar­lo han ace­le­ra­do. Y en eso es­ta­mos: pu­drien­do el pla­ne­ta.

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TONI ALBIR / EFE a co­rrup­ción al­can­za a po­lí­ti­cos de to­do el mun­do.

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