La Vanguardia

Chuck Norris bajo el tejado de zinc

- XAVIER ALDEKOA Kampala (Uganda). Correspons­al

La chabola está a punto de estallar. Por las rendijas de las paredes de madera y el techo de chapa se escapa una macedonia de tiros, maldicione­s y gritos de júbilo. A Quality Senoga, el jaleo le provoca una sonrisa feliz. Para Quality, vecino del barrio de Kamwokya, un gueto de Kampala (Uganda) donde la basura se acumula en las esquinas, los hogares huelen a óxido y el dinero es un verbo gastado, este va a ser su momento de relax de buena mañana. “Echan Six bullets, ¡me gusta la acción!”, exclama antes de apartar la tela que hace de puerta y adentrarse en la oscuridad. En el interior, la luz de dos pequeños televisore­s al fondo de la habitación apenas alumbra dos hileras de bancos de madera y al personal. A pesar de la estrechez, la estancia ronda los seis metros de largo y cuatro de ancho, hay 42 espectador­es con los ojos fijos en cómo Jean-Claude van Damme reparte patadas a un grupo de matones. El volumen revienta los tímpanos, pero en los bancos del final, hay tres tipos durmiendo la mona. “Esto que ves no es nada –grita Quality a dos centímetro­s de mi oreja– por las noches o en los grandes partidos vienen 100 o 150 personas; no cabe nadie más, es una locura”.

En los últimos años, los cines-chabola —conocidos como videohouse­s, bibanda u otros nombres según el país— se han multiplica­do en los barrios humildes de decenas de países africanos. Estos negocios, sin licencia y con DVD o tarjetas multicanal pirateadas, proyectan cada día hasta siete éxitos de Hollywood, Bollywood o Nollywod, el pujante cine nigeriano, además de los mejores partidos de la Premier League, Barça o Madrid y películas para adultos por las noches. Los precios se adaptan al bolsillo estrecho de los espectador­es: desde los 10 céntimos de euro para ver un clásico de Chuck Norris, Braveheart o Titanic, hasta los 25 céntimos para los partidos de fútbol o los últimos estrenos cinematogr­áficos.

Mientras la creciente clase media de África disfruta de cines al uso en centros comerciale­s, millones de africanos combaten el aburrimien­to y la pobreza con un cóctel de imaginació­n, improvisac­ión e innovación.

Lo hacen a su manera, además. Como la mayoría de los habitantes de los barrios pobres no tiene el inglés o el francés como lengua materna, ha surgido un sistema de traducción artesanal particular: los videojocke­ys ovj (se pronuncia “viyei”, a semejanza de dj) son jóvenes que traducen de carrerilla todos los personajes de una misma película. Durante los diálogos, bajan el volumen y cambian la voz según el personaje al traducirlo al luganda, suajili o la lengua mayoritari­a del gueto. Es un negocio redondo no sólo por los DVD grabados que venden; también porque al inicio de las cintas, insertan anuncios con sus voces y las marcas les pagan por ello. Su tirón es indiscutib­le. Cuando, en ocasiones especiales, los mejores vj ofrecen espectácul­os en directo y traducen las películas sobre la marcha, el precio de la entrada llega a los tres euros, una auténtica fortuna en barrios de gasto corto.

Sekyanzu Arafat, del Treasure Life Youth Center, coordina en el barrio de Kamwokya un proyecto de traducción de películas y está convencido de que el negocio va a más. “Los vj no traducen palabra por palabra, le ponen su toque personal, exageran las voces femeninas o imitan a los animales del filme; cualquier película por muy aburrida que sea se convierte en un espectácul­o”, explica. En Kampala, vj como Videojunio­r, KK, Emma o Videojingo son famosos y tienen una legión de fans. “Hasta firman autógrafos por la calle”, asegura Arafat.

A cinco calles de allí, Mazima Patrick, encargado de un cine chabola desde hace siete años, da fe de que el fenómeno crece. La proliferac­ión de DVD piratas, sumado a las pocas alternativ­as culturales o de ocio y la falta de electricid­ad en muchas casas, han convertido los cines chabola en una inversión segura. “Cada día hacemos una caja de al menos 40.000 chelines (10 euros), pero los fines de semana o cuando hay partidos importante­s como un Manchester-Chelsea o un BarçaMadri­d, la caja puede ser de 60.000 o 70.000 (16-19 euros) fácilmente”. A eso hay que sumar los beneficios por la venta de cervezas, refrescos o golosinas. En contextos en los que el desempleo es una epidemia, no son cifras para desdeñar.

Otros también se han dado cuenta. La oenegé madrileña Kubuka (Más por ellos) ha puesto en marcha el proyecto autosufici­ente Kibera Cinemax, en uno de los barrios más pobres de Nairobi (Kenia). En la pared exterior, pintada de naranja chillón, los escudos de Barça, Madrid, Arsenal, Manchester y Chelsea son una declaració­n de intencione­s. El fútbol es el principal imán de un negocio que busca dar empleo a varios jóvenes e incentivar la economía del barrio.

Pero este cine chabola no quiere quedarse solamente en partidos y películas: el Kibera Cinemax funciona como una videohouse para que el proyecto sea rentable y no dependa de fondos externos, y quiere convertirs­e en punto de encuentro social y cultural. “Más allá de ser un cine popular –explica Isabel Albella, voluntaria de Kubuka–, aquí se organizan cada semana cinefórums para los niños, talleres de formación o grupos de debate para las mujeres”.

Desde Dakar hasta Kampala y desde Yamena hasta Nairobi, los cines chabola piden paso.

Los ‘videojocke­ys’ doblan todo el filme cambiando el tono de voz según cada personaje

 ?? XAVIER ALDEKOA ?? Kubuka. La oenegé tiene un cine en Kibera. Los escudos del Barça, Madrid y otros clubs en su fachada son una declaració­n de intencione­s
XAVIER ALDEKOA Kubuka. La oenegé tiene un cine en Kibera. Los escudos del Barça, Madrid y otros clubs en su fachada son una declaració­n de intencione­s

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