La Vanguardia

El error Trump

- Miguel Ángel Aguilar

Donald Trump juró como 45.º presidente de Estados Unidos en una ceremonia diseñada para escenifica­r la continuida­d, pero en su discurso presentó una enmienda a la totalidad, proclamó la ruptura abrupta, descalific­ó a sus antecesore­s y, arrebatado por el adanismo, quiso seguir la partitura de la Sinfonía

del Nuevo Mundo, de la nueva América. Fue en vano porque lo que se oyó carecía de cualquier signo de novedad a lo Antonín Dvorák y quedó encerrado en el Bolero de Ravel bajo la obsesión de reiterar los lemas de la campaña.

Iracundo proclamó que con él empezaba una nueva era, que aquella ceremonia, más que enmarcar el relevo del 44.º al 45.º presidente, significab­a el traspaso del poder que retenía la apestosa clase política de Washington al pueblo americano, a la gente que todo lo merece. Apenas le faltó denominar a los abusadores como casta para haber entrado en plena resonancia con los podemitas que conocemos. El caso fue que los invitados de ese Washington vituperabl­e y vituperado pasaron al sarao y al baile mientras el pueblo, como en el romance de Felipe Mellizo, quedaba fuera “todo contento de ver tantas maravillas”.

Quien pensara que Donald eliminaría unos fastos donde ya han aflorado conflictos de intereses según señalaba el sábado The New York Times, que rompiendo protocolos y tradicione­s acudiría a las áreas urbanas más desfavorec­idas de Washington deseoso de escuchar a la gente para traducir en decisiones ejecutivas sus aspiracion­es tantas veces frustradas, se equivocaba. También los que habían anticipado que el peso de la púrpura moderaría los desatinos de quien estaba siendo investido con ella. Sus primeras palabras fueron una macedonia a base del credo y los artículos de la fe trumpista, amenazas varias, exaltación del proteccion­ismo e incitación a vengarse de sus críticos con el añadido de la peor zafiedad.

Advertimos desde ahora tanto al Departamen­to de Estado como al Pentágono de que el error decisivo, el error Trump por antonomasi­a, sería enemistars­e con México. Empobrecer y humillar al vecino del sur lo haría más peligroso y le cargaría de razón pura y práctica. Ignorar que desde hace años la mayor amenaza para EE.UU. procede de los débiles sería gravísimo. Atentos.

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