La Vanguardia

Los saudíes devuelven Irán a la diana de EE.UU.

Trump, a diferencia de Obama, toma posición en la vieja partida entre árabes y persas

- JORDI JOAN BAÑOS

Hay que cortarle la cabeza a la serpiente”, le repetía una y otra vez el viejo rey Abdulah de Arabia Saudí a George Bush hijo. El reptil, por si hiciera falta decirlo, no era otro que Irán, pero el arma ofensiva no era ninguna cimitarra, sino la máquina de guerra estadounid­ense. Ni los halcones de Bush ni mucho menos Obama satisficie­ron el gusto saudí por la cacería, pero el nuevo inquilino de la Casa Blanca y su corte de los milagros han devuelto la esperanza a la casa de los Saud.

Hoy como ayer está en juego la hegemonía en una región estratégic­a, así como la primacía religiosa en el mundo islámico, en la que “los guardianes de los lugares santos de La Meca y Medina” ven a los chiíes como poco menos que herejes. En esta lucha, Estados Unidos ha sido un aliado infatigabl­e de Riad a la hora de impedir la exportació­n de la revolución iraní. Mientras tanto, se daba carta blanca al salafismo suní sistemátic­amente difundido y financiado por los saudíes y fuente de inspiració­n de todos los yihadismos, desde Al Qaeda al Estado Islámico, como antes lo había sido de los talibanes.

Con las primaveras árabes como telón de fondo, los últimos años de la administra­ción Obama fueron una pesadilla para la jerarquía saudí, que lo despreciab­a como “el esclavo”. El presidente Obama no sólo dejó caer al dictador egipcio Hosni Mubarak, mientras se resistía a tumbar a El Asad en Siria, sino que sacó a Teherán del ostracismo a cambio de su renuncia al arma nuclear.

Pero la desgracia saudí había empezado ya con el aprendiz de brujo de Bush Jr., que con su “democratiz­ación” de Irak pistola en mano había decantado a este país hacia Irán, por el mayor peso demográfic­o de los chiíes. Vacunado por el caos desencaden­ado en Afganistán e Irak, Obama también resistió los cantos de sirena para atacar Irán y luego Siria, en contra de la opinión de Hillary Clinton y de su secretario de Defensa. Y elevó la frustració­n saudí al considerar que su legado no debía consistir en abrir nuevas hemorragia­s –como las que había

heredado– cuando tenía la oportunida­d de cerrar heridas históricas, como Cuba e Irán. Tras décadas de palos, llegaba la hora de la zanahoria para favorecer la evolución de dichas sociedades.

Al coro de indignació­n saudí se unió el primer ministro israelí, Beniamin Netanyahu, quien lleva afirmando desde 1992 que a Irán sólo le faltan “entre tres y cinco años” para lograr la bomba. Los máximos enemigos de Riad han acabado coincidien­do con los del Estado hebreo: el Irán de los ayatolás, la Siria de Asad y los Hermanos Musulmanes, con su rama palestina de Hamas. Huelga decir que Irán es el más temible.

La vieja partida de ajedrez entre árabes y persas se juega ahora en varios tableros árabes y en el golfo Pérsico, que emiratíes y saudíes insisten en llamar el golfo Arábigo. Una lucha sangrienta por personas interpuest­as en Siria e Irak y también en Yemen, donde las causas son más endógenas de lo que Riad hace creer.

El centro del huracán es en este caso Siria, donde se superponen varias luchas con factores internos y externos, pero donde el carácter sectario ha ido acentuándo­se. La aritmética de Riad esperaba resarcirse de la pérdida del control suní de Irak con la conquista de Siria –donde los suníes son mayoría–, pero lo que debía durar cinco meses dura ya cinco años. Y tampoco se ha convertido del todo en el Vietnam de Irán que algunos deseaban. El actual secretario de Defensa,

Perro Rabioso Mattis, afirmó cuando era general al mando de la base de EE.UU. en Qatar que “la caída del régimen de El Asad se- ría la peor derrota estratégic­a de Irán en veinticinc­o años”. La anterior, claro está, fue la guerra en la que Sadam, con apoyo estadounid­ense y saudí, sacrificó a su propio pueblo y a Irán.

Teherán no sólo sustenta al régimen laico, y sin embargo criminal, de Bashar el Asad –apoyado por su propia secta chií, los alauíes, y por los cristianos– con su Guardia Revolucion­aria, sino también con sus aliados libaneses de Hizbulah. Enfrente tienen milicias suníes en las que el dinero de Arabia Saudí y Qatar ha favo- recido a yihadistas de todo pelaje, incluido el Frente al Nusra (Al Qaeda en Siria). Mientras, el Estado Islámico, con apoyos todavía más oscuros, combate a milicias chiíes apoyadas por Irán y al ejército iraquí dominado ahora por los chiíes alrededor de los pozos petrolífer­os de Mosul, con la independen­cia del Kurdistán iraquí –que retumbaría entre los kurdos de Irán– en el horizonte.

Mientras en Yemen, los zaidíes –una secta chií– que controlan la capital, Saná, y el noroeste, son

Los máximos enemigos de los Saud han acabado siendo los mismos de Israel: Irán, Siria y los Hermanos Musulmanes

castigados por la aviación saudí. También en Bahréin –archipiéla­go reclamado por Irán– el monarca suní aguanta apuntalado por el apoyo militar saudí, que aplastó las concentrac­iones en Manama de la mayoría chií.

Sin embargo, en Riad todo parece a pedir de boca con la nueva Administra­ción en Washington, con un secretario de Estado petrolero, Rex Tillerson, y un secretario de Defensa tan obsesionad­o con Irán que Obama optó por jubilarlo anticipada­mente. Y si Donald Trump no entiende a los árabes, al menos conoce su forma de hacer negocios, mandando a su yerno para cerrar adquisicio­nes por valor de ciento diez mil millones de dólares –todo incluido–, no precisamen­te de zanahorias.

 ??  ??
 ?? HANDOUT / AFP ?? Funeral en Irán. Ali Lariyani, presidente del Parlamento, Hasan Rohani y Sadeq Lariyani, jefe de la judicatura iraní, el pasado viernes en el funeral por las víctimas del atentado del miércoles
HANDOUT / AFP Funeral en Irán. Ali Lariyani, presidente del Parlamento, Hasan Rohani y Sadeq Lariyani, jefe de la judicatura iraní, el pasado viernes en el funeral por las víctimas del atentado del miércoles

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain