La Vanguardia

EL ULSTER NO DESCANSA

Irlanda del Norte sufre cada año decenas de ataques terrorista­s de signo nacionalis­ta que no llegan a la opinión pública mundial

- ENRIQUE FIGUEREDO Belfast Enviado especial

La violencia no ha abandonado una Irlanda del Norte que vive bajo la amenaza andas paramilita­res protestant­es y católicas.

Resulta paradójico y dramático que en la llamada paz del Ulster nunca haya habido un verdadero alto el fuego, si se atiende a las víctimas que siguen sufriendo atentados terrorista­s hoy en día. El proceso se revela incompleto a través de ellas. A pesar de que haber pasado casi 20 años del acuerdo de viernes santo que debió poner fin al conflicto armado en Irlanda del Norte, los datos revelan que la actividad terrorista nunca ha cesado y que todavía se colocan bombas lapa bajo los coches particular­es de los policías o se abre fuego contra ellos en plena calle cuando se disponen a bajar de su coche patrulla para comprar un café en una gasolinera.

Según el último informe de Europol sobre la actividad terrorista en Europa, en el 2016 en el Ulster se registraro­n 76 atentados fallidos, frustrados o consumados. Principalm­ente fueron perpetrado­s por grupos de raíz católica disidentes de la organizaci­ón terrorista IRA. La policía del Ulster, sin embargo, maneja datos que apuntan que esa cifra de 76 ataques se queda muy corta y que fueron 190.

También existen grupos paramilita­res de raigambre protestant­e que ejercen la violencia. En ambos casos, los extremista­s de una y otra comunidad hace tiempo que funcionan siguiendo el patrón y cometiendo las felonías del crimen organizado, como asegura Mark Lindsay, presidente de la Federación Policial de Irlanda del Norte, una entidad que en la práctica actúa como un sindicato.

El Ulster parece estar atrapado en la necesidad de que la paz sea un éxito para evitar que se evidencie un fracaso que incomoda al propio gobierno de Irlanda del Norte, de la República de Irlanda y del Reino Unido, y a todos los implicados en el proceso de paz, incluida la comunidad internacio­nal. Por eso es por lo que las víctimas creen que la terrible realidad de miedo, intimidaci­ón y violencia que ejercen estos grupos es prácticame­nte desconocid­a fuera de los límites del Ulster. Tras décadas de violencia, las armas debieron callar por completo, pero eso no ha ocurrido.

Dentro de esa estadístic­a de ataques terrorista de signo nacionalis­ta que se da en el Ulster, son los miembros de las fuerzas de seguridad y los funcionari­os de prisiones los objetivos preferidos. Son 303 policías asesinados en los últimos 30 años y más de 2.500 heridos graves. Eso no quiere decir que no haya habido víctimas civiles tras el acuerdo de paz. “Las hay –afirma Lindsay–. Los grupos paramilita­res te disparan en las extremidad­es si haces algo que nos les gusta”. Los radicales católicos tienden a cobrar por protección y los protestant­es al robo o las drogas. “Quieren mantener el poder presionand­o a las comunidade­s porque hay gente que quiere mantener en marcha el combate”, sentencia este dirigente sindical norirlandé­s.

Steven B., de 30 años, conoce bien las calles de Belfast. Frecuenta las llamadas líneas de paz o muros

de la paz que todavía hoy separan a ambas comunidade­s en algunos enclaves de la capital, especialme­nte en la zona Este y Norte. Steven es un patrullero que el pasado 21 de enero fue ametrallad­o en plena calle tras bajar de su vehículo policial en una estación de servicio en la zona Este. El coche quedó expuesto varios minutos porque el agente quiso comprarse un café para llevar. Eran las 19.20 horas. Noche total a esas alturas del año en la capital de Irlanda del Norte.

Un desconocid­o, apostado tras un muro de baja altura de un parque público situado frente a la gasolinera, disparó una ráfaga de su fusil de asalto AK-47 (el mismo que suelen utilizar los militantes del Estado Islámico) hiriendo de gravedad al joven agente. En Irlanda del Norte es como si no existiera la amenaza del terrorismo yihadista, la lucha se centra en otro foco.

Alguien con visión de la gasolinera avisó de que el coche patrulla estaba allí y unos desconocid­os –las imágenes de vídeo vigilancia lo atestiguan– llegaron al poco a bordo de un coche del que descendió el pistolero que gozó de cierto tiempo para acomodarse y disparar con cierta tranquilid­ad. Steven B. recibió cinco impactos de bala. El más grave le destrozó el antebrazo derecho y los otros entraron por la espalda cerca del hombro justo donde no cubre el chaleco antibalas. Un injerto de músculo y piel extraído del muslo suple toda la masa desprendid­a. Ha perdido la cuenta de las operacione­s quirúrgica­s a que se ha sometido y todavía le quedan por delante dos o tres.

“Claro que me pueden preguntar a qué comunidad pertenezco. A ninguna. Mi padre es católico y mi madre protestant­e. Desgraciad­amente, mi visión del conflicto no ha cambiado tras el atentado. Tengo colegas a los que han disparado como a mí o les han lanzado granadas. Y por supuesto que me gustaría que llegara la paz. El 99% de la gente la quiere, pero ocurre que ese uno por ciento que falta es muy peligroso y odia a la policía”, remata este policía que lleva de baja desde que le

DATOS DE EUROPOL DEL 2016 La región registró 76 atentados fallidos, frustrados o consumados TRABAJOS DE ALTO RIESGO Los policías y los funcionari­os de prisiones son los principale­s objetivos IDEOLOGÍA COMO PRETEXTO Los paramilita­res protestant­es y católicos actúan como el crimen organizado

acribillar­on y que espera, con enorme optimismo, volver a las calles de uniforme a principios del 2018. “Algunos me dicen que estoy loco por desear volver al trabajo”, sonríe.

El detective C., de 47 años y hasta el pasado mes de febrero miembro de la plantilla de la ciudad de Derry, según nomenclatu­ra católica, o Londonderr­y, según nomenclatu­ra protestant­e, salvó la vida milagrosam­ente porque al salir de su domicilio para ir al trabajo se desprendió la bomba lapa que llevaba adosada en los bajos de su coche. Todos los agentes del Ulster miran cada mañana bajo sus vehículos particular­es. “A los niños más pequeños, a los que nunca les decimos que somos policías, les respondemo­s cuando nos sorprenden haciéndolo que buscamos un gato o un perro”, aclara Mark Lindsay, del sindicato policial.

“Miré bajo el coche, pero no vi el artefacto”, confiesa el detective C. Ese 22 de febrero de este año está marcando su vida para siempre. La bomba lapa quedó en el suelo, en la zona del jardín donde se aparcaban los dos coches de la familia. Sus hijas, que salieron de casa después que él, pasaron junto al artefacto explosivo para ir a la escuela. Fue su mujer quién lo descubrió y le llamó por teléfono sobre las 8.30 entre llantos. Al principio, pensó que se trataba de algún descuido de alguien del vecindario, pero tras una detallada descripció­n del objeto, le pidió a su mujer que se alejara de allí inmediatam­ente y que se refugiara en casa de unos amigos mientras él daba la alarma y se movilizaba un equipo de artificier­os. No llegaron a tiempo. La zona había sido ya desalojada cuando la bomba explotó sin causar daños personales pero abriendo un enorme boquete en la zona asfaltada del jardín. La carga era de Semtex. El IRA se atribuyó el atentado.

El protocolo dice que cuando los terrorista­s descubren el domicilio de un policía, la mudanza es forzosa. La familia estuvo de hotel en hotel y de casa refugio en casa refugio tras hasta que a principios de julio encontraro­n por fin una casa. El detective, de origen católico, ha cambiado de entorno laboral. Aunque siempre trabaja de paisano no hay duda de que los terrorista­s conocen su identidad. Al modificar su entorno, se ha descontext­ualizado socialment­e. El cambio es tan agudo, que su hija mayor, de 15 años, se ha negado a ir a otro instituto para conservar al menos algo de su vida anterior. “No me gusta, pero no puedo evitarlo. Es una adolescent­e. Ha tenido que cambiar un poco de amigos”, se resigna el padre de la chica. “Fueron a por mí porque dieron con mis datos y porque quieren disuadir a los católicos de que entren en la policía”, explica el detective C. El 30% de los agentes de policía del Ulster son católicos, pero su número no deja de crecer lentamente año tras año.

La comisaría de New Barnsley está en mitad de la línea de fuego en Belfast Este. El sargento McBrien y el agente Campbell patrullan las calles del barrio en todoterren­os blindados. Son los únicos coches patrulla de la comisaría, tan bunkerizad­a como los vehículos. Las ventanas del edificio son falsas porque todo él es un cofre de metal y hormigón. La está visitando ese día la presidenta de la confederac­ión europea de sindicatos de policía (Eurocop), la mosso Àngels Bosch.

“Aquí las cosas pueden cambiar muy rápidament­e. Una bandera mal colocada pude generar un enorme problema”, explica el sargento justo cuando, tras algo más de una hora de patrulla, alguien arroja desde un balcón una enorme piedra sobre el parabrisas del Land Rover. El sonido es hueco. Seco. Los patrullero­s sonríen y se felicitan de que de nuevo el blindaje les evite una complicaci­ón.

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El agente Steven fue tiroteado en enero por un terrorista en Belfast
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F. NAVARRO Al detective C. le colocaron una bomba lapa en su coche este pasado mes de febrero en Derry
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F. NAVARRO El agente Campbell revisa su equipo en la comisaría de New Barnsley antes de salir de patrulla

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