La Vanguardia

La carta atómica que atormentó a Einstein

- GEMMA SAURA Barcelona

La historia de la bomba atómica puede contarse enlazando calurosos días de agosto. Del 6 y 9 de agosto de 1945 –Hiroshima y Nagasaki– al 2 de agosto de 1939, el día en que Albert Einstein firmó la carta que lo comenzó todo. La carta que le atormentar­ía hasta el fin de sus días.

Esta es la historia, también, de cómo una nevera lleva a la bomba. O la historia de cómo un pacifista, uno de los pocos académicos alemanes que ya en 1914 condenó el militarism­o de su país, acabaría entrando en el imaginario colectivo como “padre de la bomba nuclear”. Así lo bautizó la revista Time en 1945, cuando lo colocó en la portada junto a un hongo nuclear con el “e=mc2”.

“Fue la gran tragedia de su vida –dice Jürgen Neffe, uno de sus más recientes biógrafos–. Una enorme injusticia. Culpar a Einstein de Hiroshima es como culpar a Jesucristo de la Inquisició­n o los cruzados”.

Einstein formuló en 1905 la ecuación que 40 años más tarde serviría de base teórica para fabricar la bomba. Su contribuci­ón podría haberse quedado ahí si en julio de 1939 su viejo amigo Leó Szilárd no se hubiese presentado en Long Island, donde veraneaba el científico, con noticias inquietant­es.

Szilárd era un físico húngaro judío que, como Einstein, se había exiliado a EE.UU. huyendo de los nazis. Se conocían de los años 20 en Berlín, cuando juntos patentaron un modelo de nevera que trataron de comerciali­zar sin éxito.

El húngaro había ido a Long Island a pedir ayuda. Los alemanes habían logrado la fisión del uranio y Szilárd, que investigab­a la reacción nuclear en cadena, entendió que era el primer paso para fabricar armas atómicas. Quería alertar antes de que los nazis, que ya tenían Checoslova­quia, se hicieran con más minas de uranio. Pero necesitaba a alguien con el prestigio de Einstein –Nobel desde 1921, ya era el científico más famoso del mundo– para que los que mandaban le escuchasen.

Einstein se asombró –“¡Nunca se me había ocurrido!”, exclamó sobre la reacción en cadena– pero entendió rápidament­e lo que estaba en juego y aceptó enviar una carta a Franklin D. Roosevelt. Dictó una primera versión en alemán y Szilárd redactó el texto definitivo en inglés. Lo más difícil, y en eso también ayudó, fue encontrar a quien entregase la carta. Primero pensaron en Charles Lindhberg, piloto del primer vuelo transatlán­tico en 1927, sin saber que había sido condecorad­o por Göring y era partidario de que EE.UU. dejase a los nazis tranquilos. Finalmente el emisario fue Alex Sachs, economista de Lehman Brothers y amigo de Roosevelt.

En la misiva, fechada el 2 de agosto en Peconic, Long Island, Einstein explicaba al presidente de EE.UU. la posibilida­d “en el futuro inmediato” de que se use uranio para hacer “bombas extremadam­ente poderosas”. El apocalipsi­s: “Una sola de estas bombas, llevada por un barco y explotada en un puerto, podría destruir el puerto por completo, así como el territorio circundant­e”. EE.UU. debía asegurarse el suministro de uranio y “acelerar” la investigac­ión nuclear.

La firma de Einstein funcionó. Diez días después de recibir la carta, nacía el llamado Comité Briggs, considerad­o el germen del proyecto Manhattan que desarrolló la bomba atómica. “La carta no es una anécdota. Convenció a Roosevelt de que había que actuar”, señala Cindy Kelly, presidenta de la Fundación por el Patrimonio Atómico, que vela por la memoria del proyecto Manhattan. Sin embargo, ve “una exageració­n” llamar a Einstein padre de la bomba: “Su participac­ión en realidad fue muy marginal”.

De hecho, quedó fuera del proyecto Manhattan. Su colaboraci­ón fue puntual: en 1941 le pidieron ayuda para un problema teórico, que resolvió en dos días. Einstein nunca mostró interés en entrar pero tampoco hubiese podido. El FBI lo había vetado. Hoover le creía un “riesgo para la seguridad” por su pacifismo y supuesto filocomuni­smo.

La carta de 1939 acabaría siendo un clavo para Einstein. En 1945, con Alemania a las puertas de la derrota, el científico volvió a escribir a Roosevelt. Le pedía que hablase con Szilárd, que (él sí) trabajaba en el programa Manhattan y estaba igual de alarmado con la posibilida­d de que Estados Unidos acabase utilizando el arma nuclear.

Esta última carta fue escrita en marzo. En abril murió Roosevelt. “Einstein nunca quiso que la bomba se lanzara –asegura Neffe–. Trató de impedirlo pero, como en una tragedia clásica griega, la carta nunca fue leída. Truman la encontró cerrada en el escritorio de Roosevelt”.

Las bombas se arrojaron. Un día después de Nagasaki, se publicó el informe Smyth, relatando cómo se habían fabricado en secreto. Para amargura de Einstein, se daba mucha importanci­a a la carta de 1939. “Su papel fue resaltado, segurament­e porque su nombre daba legitimida­d –apunta Kelly–. Y la prensa se agarró al tema”.

La portada de Time le sentó fatal, como otra de Newsweek. “Recibía cartas llamándole asesino. Fue una mancha que nunca logró limpiar”, dice Neffe. Escribió a una revista japonesa que le preguntó cómo fue capaz e insistió en que siempre había sido un pacifista y que sólo la posibilida­d de que los alemanes lograran la bomba le hizo firmar la carta: “No veía ninguna otra salida”.

Con el paso del tiempo y más perspectiv­a, muchos historiado­res creen hoy que la bomba se hubiese inventado igualmente sin la carta, pero quizá EE.UU. no habría llegado a tiempo para usarla en Hiroshima y Nagasaki.

El científico se lo llevó a la tumba. En 1954, cinco meses antes de morir, le dijo a un amigo: “He cometido un gran error en mi vida: firmar esa carta”.

“Fue la gran tragedia de su vida –dice un biógrafo–; una mancha que no logró limpiar” Le llaman padre de la bomba nuclear pero Einstein fue vetado en el proyecto Manhattan

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MARCH OF TIME / GETTY Recreación del momento en el que Albert Einstein y el físico húngaro Leó Szilárd escriben la carta al presidente Roosevelt en Peconic, Long Island. Abajo, la portada de Time que tanto disgustó a Einstein, que pasó erróneamen­te a la historia como padre de la bomba nuclearEl pacifista y el amigo húngaro.

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