La Vanguardia

Esto va muy rápido

- Sergio Heredia

Teníamos veinte años y ya corríamos juntos a diario. Éramos atletas semiprofes­ionales: nos entrenábam­os cinco horas todos los días, pero cobrábamos cuatro chavos. Aquello apenas daba para la gasolina, el cine del fin de semana y el paquete de vinilos que me compraba cada vez que acababan los exámenes de Derecho. Listos.

Corríamos por vocación, con la esperanza de que algún día saltara la liebre. Tuvimos unos resultados interesant­es, aunque nunca fuimos a los Juegos.

Envidio sanamente a los deportista­s que han sido olímpicos.

Vuelvo a lo de las cinco horas diarias. Corríamos por la mañana y por la tarde, con frecuencia cerca de veinte kilómetros diarios. Semiprofes­ionales, ya lo he dicho.

Víctor me acompañaba casi siempre. Ambos teníamos pelo hasta la sien y las piernas de un purasangre. Mientras trotábamos, teníamos largas charlas. Charlas de críos. Hablábamos de la chica que nos gustaba entonces. De las ganas que le teníamos a algún rival. Aspirábamo­s a ganar alguna medalla en un Campeonato de España. Utilizábam­os un metalengua­je, un idioma particular. Víctor era el avictorao. Vicente, nuestro entrenador, el avicentao. Yo era el

asergiao.

Y tal...

–Colgad el teléfono –nos voceaba el

avicentao si hablábamos demasiado. Había que trabajar.

Cuando la cosa se ponía intensa, si íbamos demasiado rápido, alguno de los dos se quejaba:

–¡Eh, eh, ritmo majo, va!

Nos vacilábamo­s en los entrenamie­ntos más exigentes. Víctor tensaba la cuerda y yo intentaba seguirle la estela. A menudo me fundía y me soltaba.

Ambos teníamos pelo hasta la sien y las piernas de un purasangre; el otro día, calvos, nos reunimos en una pizzería

Le iba la cosa en ello. Si yo aguantaba, podía superarle en el sprint. Nos conocíamos tanto que sabíamos perfectame­nte qué iba a hacer el otro en cualquier momento de la carrera.

Éramos amigos hasta que el juez daba la salida. Al llegar a meta volvíamos a ser amigos, y así era hasta la siguiente batalla.

Luego pasó el tiempo y aquello del atletismo se acabó y cada uno se fue por su banda. El avictorao es hoy un extraordin­ario creativo, un especialis­ta en la animación por ordenador avalado con premios internacio­nales. Y una mente despierta.

Cada vez que podemos conversamo­s y a veces, calvos ambos, nos sentamos en nuestra pizzería italiana de Villarroel y nos contamos la vida.

El otro día tuvimos una idea. Nos dijimos que algún día deberíamos trabajar juntos en algún proyecto. Quién sabe, un cuento animado...

Luego nos miramos y nos dijimos: –Vale, pero cuando nos jubilemos. Qué rápido va esto. Ya estamos hablando de la jubilación.

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POR LA ESCUADRA

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