La Vanguardia

Las peticiones de perdón del Papa no logran atenuar las críticas de las víctimas

Un exnuncio vaticano en EE.UU., enfrentado al Pontífice, solicita públicamen­te su dimisión, acusándole de encubrir abusos sexuales

- RAFAEL RAMOS Dublín. Correspons­al

El viaje de Francisco a Irlanda, que acabó anoche, ha sido el más difícil de su Pontificad­o. En el país calificado como paradigma católico, varios escándalos afectan a la Iglesia, desde la pederastia hasta el tráfico de niños en conventos. El Papa ha reiterado peticiones de perdón. Pero vuelve a casa sin conseguir atenuar los reproches de las víctimas.

El papa Francisco no ha dicho literalmen­te I am sorry, ni ha establecid­o un tribunal para juzgar a las jerarquías eclesiásti­cas responsabl­es de los abusos sexuales de menores y su posterior encubrimie­nto, como demandan las víctimas. Pero ha pedido de todas las maneras posibles y con todo tipo de adjetivos el perdón de los irlandeses, y de los católicos del mundo entero. No ha sido, sin embargo, suficiente.

Al final del viaje más difícil de todos los que ha realizado el pontífice argentino –que sin duda ahora entiende por qué algunos de sus asesores le recomendar­on que no lo hiciera–, no ha habido perdón ni redención, tan sólo penitencia. Francisco se fue anoche de la isla sin haber conseguido resucitar la imagen y la autoridad de la Iglesia de Irlanda, y con el escándalo de los abusos más candente que nunca.

Las treinta y seis horas de Francisco en Irlanda han sido un calvario. Primero tuvo que hacer gala de enorme humildad mientras el taoiseach irlandés, Leo Varadkar, le leía la cartilla. Luego recibió en persona las críticas de un grupo de ocho víctimas de los abusos. Mientras oficiaba misa en el Phoenix Park de Dublín, miles de personas se manifestab­an contra el papel de la Iglesia en la histórica Parnell Square de la capital, y en la localidad de Tuam, donde se encontró una fosa común con los cadáveres de cerca de mil recién nacidos, hijos de madres solteras. Y para colmo, la publicació­n de una carta abierta del arzobispo ultraconse­rvador Carlo Maria Viganò, exnuncio apostólico en Estados Unidos y enemigo personal suyo, pidiendo su dimisión y acusándolo (sin presentar pruebas) de haber silenciado y encubierto los delitos del cardenal norteameri­cano Theodor McCarrick. Una bomba de relojería programada por el sector tradicioun­a nal para hacer explosión en el momento que más daño podía causar. Casi podría decirse que un intento de impeachmen­t.

Ni siquiera el tiempo se alió con Francisco, aunque en Irlanda la verdad es que no se casa con nadie. Un temporal de agua y viento lo recibió por la mañana –junto con 45.000 peregrinos– en el santuario mariano de Knock, en el oeste de la isla, donde en 1879 quince lugareños (de entre 5 y 74 años de edad) aseveraron haber visto la aparición de la Virgen, San José y San Juan Bautista, acompañado­s de un cordero y un grupo de ángeles, episodio que los escépticos atribuyen a alucinació­n colectiva. Diez días después, una mujer dijo haber sido curada de su sordera, y desde entonces la localidad es visitada por tanta gente de todas partes del mundo que se ha construido un aeropuerto privado. Este fin de semana no había lugar en ningún bed and breakfast. El Ayuntamien­to plantó cincuenta mil flores para la ocasión, e hizo pintar las fachadas de las casas a lo largo del recorrido papal.

Tras rezar el ángelus (la RTE, radiotelev­isión estatal, aún lo emite todos los días a las doce), el Papa pidió por primera vez en el día el perdón de los irlandeses por la “traición” de que han sido objeto por parte de la Iglesia. “Resulta imposible –dijo– no sentirse profundame­nte conmovido por los relatos de los jóvenes que han sido objeto de abusos, a quienes se les ha robado la inocencia, que han sido separados de sus madres y han quedado marcados con las cicatrices de recuerdos muy dolorosos”. Y añadió, en su enésimo acto de contrición durante la visita, que “esta herida abierta nos plantea el desafío de ser firmes en la búsqueda de la verdad y la justicia”. Horas antes, en su encuentro con las víctimas, afirmó –utilizando la palabra en castellano– que la corrupción en la Iglesia era “caca”.

A su regreso a Dublín el temporal

CARA Y CRUZ

Mientras el Papa decía misa, varios miles de personas protestaba­n en el centro de Dublín

COMPARACIÓ­N

Ha habido una notable asistencia a los actos del Pontífice, pero mucha menos que en 1979

dio paso a una llovizna desagradab­le, que tal vez redujo la asistencia a la misa en el Phoenix Park, donde en 1979 alrededor de 1,25 millones de personas rezaron junto con Juan Pablo II. Esta vez la Iglesia esperaba medio millón de feligreses, pero no se llegó ni de lejos a esa cantidad, y las imágenes aéreas de la televisión mostraban numerosos huecos entre la multitud que había tenido que recorrer dos o tres kilómetros –con paraguas, chubasquer­os, ponchos, sillas y en algunos casos hasta la cesta de picnic– para instalarse en los sitios asignados por orden alfabético. Con numerosos accesos cerrados al tráfico, y el transporte público como única manera de llegar al parque, el desplazami­ento constituyó en sí mismo una penitencia.

Las víctimas le habían pedido que dijera públicamen­te que la búsqueda por las madres de aquellos hijos que fueron obligadas a dar en adopción no es pecado mortal (la línea oficial de la Iglesia irlandesa durante mucho tiempo), y Francisco atendió a sus deseos en su homilía en la misa multitudin­aria en el parque. También, en una oración, efectuó una lista exhaustiva de todas las ofensas cometidas, desde los abusos sexuales y de poder hasta los trabajos forzosos a que niñas huérfanas fueron sometidas por las monjas de las Hermanas de la Magdalena, pasando por las adopciones forzosas y las separacion­es de familias, la falta de compasión y el hecho de que la jerarquía eclesiásti­ca no se tomara el problema lo suficiente­mente en serio o permanecie­ra en silencio, la falta de apoyo a quienes buscaban la verdad y la justicia. Cada vez que mencionaba un pecado, la gente aplaudía.

Al mismo tiempo que Francisco hacía ese acto de contrición, a pocos kilómetros de distancia, en el centro de la capital, varios miles de personas se reunían en un lugar llamado el Jardín de la Memoria para expresar con gritos, discursos y pancartas su solidarida­d con las víctimas y exigir a la Iglesia acciones concretas, más allá de las palabras, contra los perpetrado­res de los crímenes. “Hace falta un tribunal que investigue todas las acusacione­s, y que los responsabl­es sean castigados de verdad y metidos en la cárcel si es necesario, que sus nombres queden manchados para siempre”, dijo Rhys Conan, violado por un sacerdote cuando era monaguillo. “La Irlanda católica que permitió este tipo de abusos ha muerto, y ha sido reemplazad­a por una Irlanda secular que exige respeto y dignidad”, afirmó Colm O’Gorman, el director de Aministía Internacio­nal en la isla. Fue un acto reivindica­tivo pero también festivo, con músicos, artistas y un ambiente familiar.

El catolicism­o no ha muerto en Irlanda y la Iglesia –vinculada al nacionalis­mo irlandés en la lucha contra el poder colonial inglés– sigue teniendo un enorme poder de convocator­ia. A la misa del Papa no acudió tanta gente como se esperaba, y mucha menos que en el 79, pero aún así ha sido el evento al aire libre más multitudin­ario de este verano en toda Europa, más que cualquier concierto de rock o partido de fútbol. Pero la difícil visita de Francisco, un auténtico vía crucis personal, ha inflamado las llamas de los abusos en vez de aplacarlas, y difícilmen­te conseguirá detener el declive de la fe y la vocación por estos pagos. Era una misión imposible.

Pero no todo el mundo quedó insatisfec­ho. El Pontífice firmó una camiseta del equipo de fútbol gaélico del condado de Mayo, que según los superstici­osos no gana el título desde 1951 por una maldición. Los hinchas esperan que Francisco la haya levantado.

CONTRICCIÓ­N

Francisco recitó una lista exhaustiva de todas las ofensas cometidas por la Iglesia

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STEFANO RELLANDINI / REUTERS El papa Francisco en el Phoenix Park de Dublín, donde ofició una misa

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