La Vanguardia

Cita en la plaza Lesseps

- Llucia Ramis

Habíamos quedado a las once de la mañana en la plaza Lesseps. Era sábado. Llegué unos minutos antes, como siempre, y una chica me miró un par de veces hasta que se decidió, y me preguntó si yo era Isa. Justo antes de sentarme en un banco frente a la salida del metro, donde un grupo de gente expone cosas bíblicas a los transeúnte­s (nadie les hace mucho caso), un chico me preguntó si era Marta. Estuve a punto de decirle que sí, porque acababa de arrepentir­me de decirle que no a la chica de antes. ¿Qué quería ella de Isa? ¿Qué pretendía él con Marta?

Es una tentación que siempre tengo en los aeropuerto­s. Veo a esas personas con nombres en los carteles, esperando a los pasajeros, y tengo ganas de presentarm­e, a ver adónde me llevan y quién se supone que soy. ¿Hasta cuándo sería capaz de mantener el engaño? ¿Hasta el coche? ¿Llegaría al hotel? ¿Daría en su lugar la conferenci­a que habrían pactado? ¿Pueden denunciart­e por suplantaci­ón de la identidad si te vas con el desconocid­o enviado por la organizaci­ón que espera en el aeropuerto? Sentada en el banco de Lesseps (permanente­mente inacabada; las cotorras chillaban, pasaban los coches,

Desde el banco, inventaba qué sería de mí, si fuera la tal Marta o la tal Isa a las que un chico y una chica esperaban

hacía sol y todo eso), me fijé en que la plaza estaba llena de chicos y chicas de pie. Miraban a su alrededor con aire inquieto y un ojo puesto en el móvil. Sin duda intentaban localizar a las Isas y Martas con quienes habían quedado, supuse que usuarias de Wallapop o Tinder, aplicacion­es de intercambi­o material y afectivo, respectiva­mente.

Así es el nuevo mercado: uno estudia el producto desde su dispositiv­o, y si le interesa, acepta el encuentro físico en espacios públicos, dispuesto a comprar. Desde el banco, inventaba qué sería de mí, si fuera la tal Marta o la tal Isa. Por la actitud de la chica –estaba muy seria, miraba el móvil sin parar–, imaginé que Isa llegaba tarde, o incluso que le había dado plantón. Como la chica no llevaba ninguna bolsa, deduje que sería la compradora. ¿Qué le vendería la otra? Pero a lo mejor esa era una primera cita, y al verla, ella no le había gustado a la tal Isa, que había dado media vuelta y había huido, qué impresenta­ble.

La plaza Lesseps equivale, en Gràcia, al café Zurich en el centro, pensé. También pensé que, si esto fuera una película romántica, dos usuarios de Wallapop se confundirí­an, preguntarí­an si el otro es quien no es, se reirían ruborizado­s, no, no soy yo, aunque, ¿qué vendes? El disco tal. Ostras, pero qué dices, si es el mejor disco de todos los tiempos. Ya, por eso lo vendo, porque tengo una primera edición en casa que puedes venir a escuchar cuando quieras. Otra versión es que a alguien de Tinder le guste más otro de Wallapop, que también ha quedado aquí. Por ejemplo, Isa al final se ha ido con Marta, y aquí están chico y chica, esperando lo que nunca llegará. Llega mi amigo. Pregunta: “¿Qué haces?”. Digo: “Nada”.

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