La Vanguardia

Caduca la ciudad vacía

- Màrius Carol

Edward Hooper es el pintor de la soledad en las ciudades. Uno de sus cuadros, Domingo por la mañana temprano, que se encuentra en el Whitney de Nueva York, muestra una calle de una urbe americana sin nadie, que sobrecoge al espectador. “Las ciudades son su gente”, repetía Pasqual Maragall siendo alcalde. Una metrópoli vacía es una imagen descorazon­adora. Produce una sensación de aislamient­o, abandono y desamparo, propio de un cuento de terror de Edgard Allan Poe ode Steve King.

Todos tenemos imágenes barcelones­as guardadas en nuestro móvil de avenidas sin gente, de jardines cerrados, de playas abandonada­s, que dentro de unos años nos parecerá no haber vivido nunca. Nos resultarán tan extrañas como esta frase de Josep Pla en el Quadern Gris cuando en 1919 retorna a estudiar a la universida­d de Barcelona después de haber pasado un año en la casa paterna del Empordà por la epidemia de gripe A: “Como que la situación en Barcelona continúa siendo muy delicada y no se puede ir a ningún sitio sin que os hagan poner con los brazos en alto, me quedo en casa a trabajar.” Hace solo una semana pude fotografia­r el Barri Gòtic vacío y la Via Laietana –ahora convertida en un paseo propio de un capítulo de la serie Dimensión desconocid­a (Twiling zone)– sin nadie ¡a la una del mediodía! Nos hemos quejado tanto de los turistas y les hemos etiquetado injustamen­te con el término “gentrifica­dores”, que les empezamos a añorar, como mínimo aquellos que creemos que las ciudades no son de los que vivimos en ellas, sino de las que las amamos profundame­nte como algo propio. Esta semana The New York Times ha llevado a su portada las imágenes de Venecia sin gente, como si hubiera caído una bomba de neutrones, que es aquel horrible ingenio diseñado para matar personas sin destruir su patrimonio inmobiliar­io al que dio luz verde Ronald Reagan. Por cierto, los venecianos que malhablaba­n de los turistas, ahora les piden que vuelvan y les anuncian que les pondrán una alfombra roja.

El confinamie­nto de la ciudad de Barcelona está a punto de caducar. La Conselleri­a de Salut no ha tenido el detalle de adelantar una semana la entrada en la fase 3 a pesar de que los datos epidemioló­gicos son buenos y lo permitiría­n. El desconfina­miento por regiones sanitarias ha sido una de las originalid­ades del modelo catalán de salud, que tiene poco dinero pero muchas particular­idades. Ser catalán no tiene precio, pero pronto nos quedaremos sin palabras. La alcaldesa Ada Colau se ha quejado con la boca pequeña de la decisión del equipo de Alba Vergés.

Las imágenes de la Barcelonet­a a rebosar en la portada de ayer de este diario es la prueba del nueve de que los ciudadanos no pueden más, que les falta aire, que necesitan recuperar el paisaje natural, más allá de esa idea de bombero de Janet Sanz de no quitar las malas hierbas como tributo a la naturaleza. Algo habremos hecho mal para tener que soportar tantas ocurrencia­s. Cogen ganas de entrar en un cuadro de Hooper y no salir hasta estar definitiva­mente en la fase 3.

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