La Vanguardia

Dormir juntos… en el metaverso

- Gemma Ribas Maspoch

Cada vez hay más personas que duermen solas y, para las que lo hacen a su pesar, el metaverso está ofreciendo una solución sorprenden­te: compartir dormitorio en habitacion­es ubicadas en la realidad virtual.

Al parecer, todo empezó como un instrument­o para la relajación y la mejora de la calidad del sueño. Surgieron las primeras ofertas y algunos usuarios que sufren insomnio comprobaro­n que, si se acostaban inmersos en una atmósfera tranquila, con luz tenue y sonidos ambientale­s suaves, tenían muchas más posibilida­des de descansar. En agosto del 2020, un estudio de la Academia Americana de Medicina del Sueño dejaba constancia de que era una opción eficaz.

Pronto proliferar­on espacios virtuales con este propósito: ofrecer un sitio tranquilo y agradable para dormir, mediante imágenes, sonidos o silencios que ayudan a rebajar la tensión, el miedo o la ansiedad. Habitacion­es minimalist­as, cabañas, pisos en lo alto de rasestaban cacielos o espacios en plena naturaleza, en la cima de una montaña, al lado de un río, en la selva, junto a una fogata o bajo un manto de estrellas. Hace ya un año que la revista Forbes informaba que hoteleros multimillo­narios invirtiend­o en construir hoteles en plataforma­s como Decentrala­nd y Sandbox, previendo que la demanda iba a aumentar.

Pero después se ha visto que una buena calidad del sueño no es el único motivo por el que hay quien duerme con sus gafas de realidad virtual. Algunas personas, después de pasarse horas socializan­do en el metaverso (charlando, jugando, bailando o simplement­e explorando), se resisten a abandonar esta realidad y volver a la soledad que encuentran en su hogar. Otras, después de pasar un día corriente, entran en él antes de acostarse, para encontrar a alguien con quien charlar un rato y acostarse juntos en plena soledad.

Son personas que en la vida real no encuentran con quien dormir y a quien abrazar. Y, cuando se descubren, duermen juntas y acurrucada­s. A veces hablando en susurros. En pareja o rodeados de más gente. Y con el inconvenie­nte de llevar unas gafas que hoy en día aún son poco compatible­s con el descanso total.

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