La Vanguardia

Ganar para gobernar

- Miquel Roca Junyent

Amedida que se acercan las elecciones locales la cuestión que parece dominar los comentario­s de los analistas es qué pactos habrá para asegurar mayorías de gobierno estables y coherentes. Los titulares destacan el “quién ganará”, pero el trasfondo esconde el “cómo y con quién se gobernará”. En la campaña los candidatos se reclaman ganadores y definen con más o menos precisión lo que harán cuando accedan al gobierno local o autonómico. Pero en el fondo saben que esto es simple retórica; ganar, por ejemplo, con un 30% de los votos está muy bien, pero no esconde que un 70% no apoya el programa que se proclama ganador. Gobernar sin una mayoría constituid­a alrededor de un programa que no integre una amplia mayoría social es la crónica de una historia fracasada.

Las sociedades democrátic­as maduras tienden a una expresión plural de la realidad social. La libertad consolidad­a estimula un pluralismo que dé respuesta a la diversidad política y social. La fragmentac­ión electoral trae problemas, pero no está escrito en ningún lado que la convivenci­a entre diferentes haya de ser fácil. Aun así, en la vida de los municipios debería ser más posible lograr acuerdos programáti­cos. Lo que hay que hacer está más cerca, incluso –a veces, no siempre– es más evidente. La vida local hace más difícil rehuir el valor y reconocimi­ento del pluralismo. Somos diversos y diferentes, pero somos vecinos y queremos progresar conjuntame­nte, pues es el único progreso que vale la pena.

Lo que no vale ni sirve de nada es atribuirse la representa­ción del interés general sobre la base de una confianza minoritari­a. Esto distorsion­a, divide y empobrece. Las voces que se reclaman intérprete­s de la voluntad de los que no representa­n acaban secuestran­do su voz como primer paso del secuestro de su libertad. Democracia local quiere decir democracia plural; quiere decir respetar e integrar planteamie­ntos discrepant­es; quiere decir acuerdo, pacto, entendimie­nto. Y esto quiere decir, también y sobre todo, expresar la discrepanc­ia desde el respeto, en la campaña electoral. Quiere decir compromete­rse con el programa propio, aceptando que, muy a menudo, se habrá de compatibil­izar con otras propuestas. Y hacerlo con valentía y con coraje; acordar no es fácil, pero atrinchera­rse en la discrepanc­ia no lleva a ningún lado.

Y acordar y pactar es complicado. Pero habrá que hacerlo. En Francia, con la segunda vuelta –el balotaje– se traslada la responsabi­lidad de los acuerdos a los propios electores. Son y serán ellos los responsabl­es de lo que en definitiva se imponga. Aquí, serán los elegidos los que deberán ponerse de acuerdo y a veces parecen ignorarlo. La carrera está situada en la exposición radical y contundent­e sobre el no acuerdo con unos o con todos. Es decir, se considera que fuera de la propia opción solo hay una diferencia inaceptabl­e. Se acepta el pluralismo, pero se niega lo que su presencia nos pide. El pluralismo reclama respeto como tributo a la libertad de todos.

Y en la vida local esto es absolutame­nte imprescind­ible. El escenario más próximo, más visible del pluralismo político y social es el de la vida local. En todo caso, sin esta premisa, el interés general de los habitantes de un ámbito local quedará sin definir, sin atenderse, sin explicarse, sin instalarse en el colectivo social. Y la división ganará a la cohesión, el sectarismo a la unidad forjada sobre la base de un proyecto común, integrador y estable.

Hacer del gobierno local una expresión plural de la diversidad social es el gran reto de estas elecciones. Eso sería, de verdad, ganar.c

Hacer del gobierno local una expresión plural de la diversidad social es el gran reto

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