Tiem­po de des­gas­te

Mundo Deportivo - - BARÇA - San­ti No­lla Di­rec­tor de MD @San­tiNo­llaMD

SAN­DRO RO­SELL SIEM­PRE ha es­ta­do vin­cu­la­do al mar­ke­ting de­por­ti­vo. Ha si­do su vi­da. Con Ale­jan­dro Andreu en ISL fue­ron los pri­me­ros en ven­der la pe­lo­ta de la Li­ga. Fue el hom­bre fuer­te de Ni­ke en Bra­sil, mon­tó la Academia de fút­bol As­pi­re en Qa­tar y ase­so­ró a Fe­de­ra­cio­nes e ins­ti­tu­cio­nes del mun­do del deporte. Ese ha si­do siem­pre su tra­ba­jo. Co­bró de Qa­tar. Cla­ro. Por el tra­ba­jo que hi­zo an­tes de ser pre­si­den­te. El pro­ble­ma hu­bie­ra si­do que no hu­bie­ra co­bra­do. Pe­ro ade­más, gra­cias a sus con­tac­tos, el FC Barcelona lo­gró el me­jor patrocinio co­mer­cial de la his­to­ria . Aho­ra, com­pa­ñe­ros su­yos de can­di­da­tu­ra en 2003 es­tán en el mun­do del ne­go­cio del fút­bol, con clubs de Se­gun­da aquí o en Chi­na, en Fran­cia o en Man­ches­ter. No es­ta­ban en es­te ne­go­cia­do, pe­ro gra­cias al Ba­rça han en­con­tra­do una vía nue­va de in­gre­sos. Ro­sell ya es­ta­ba an­tes.

SE­GU­RA­MEN­TE SU GRAN ERROR fue ser pre­si­den­te del FC Barcelona. El más vo­ta­do de la his­to­ria. Eso es di­fí­cil de per­do­nar, so­bre to­do por los que fue­ron ba­rri­dos en las ur­nas (en aque­llas elec­cio­nes y en las úl­ti­mas) y tam­po­co por los que se que­da­ron con las ga­nas de te­ner a Ro­nal­din­ho o Ney­mar en su equi­po. A Ro­sell le nie­gan la pri­sión pre­ven­ti­va mien­tras Rodrigo Ra­to cam­pa a sus an­chas, en una de­ci­sión di­fí­cil de ex­pli­car.

MIEN­TRAS, EN BARCELONA CAR­GAN con­tra la can­te­ra blau­gra­na por­que se mar­chan ju­ga­do­res al Mó­na­co y al City. Que ha­ya re­no­va­do la au­tén­ti­ca jo­ya, Car­les Ale­ñá, o el éxi­to del B y el ale­vín pa­re­ce que no in­te­re­sa mu­cho. Da la sen­sa­ción de que es me­jor para los in­tere­ses elec­to­ra­les ahon­dar en el des­gas­te y mi­rar de que quien se lle­va a las perlas sean con­si­de­ra­dos ami­gos en lu­gar de enemi­gos. Ya. El pro­ble­ma es que ha pa­sa­do mu­cho tiem­po, pe­ro la má­xi­ma si­gue sien­do la mis­ma: al so­cio no se le pue­de en­ga­ñar. Aun­que se in­ten­te de for­ma cons­tan­te, re­pe­ti­da y siem­pre en una mis­ma di­rec­ción

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