El sus­to de los ro­bots

El Diario de El Paso - - Portada - • Ro­bert J. Sa­muel­son

Wa­shing­ton— So­mos una so­cie­dad tan lle­na de an­sie­dad que has­ta los pro­ble­mas que aún no han ocu­rri­do y que, ca­si con cer­te­za, no ocu­rri­rán nos preo­cu­pan. Los ro­bots son un ejem­plo apto. Has­ta McKin­sey and Co., la po­de­ro­sa fir­ma con­sul­to­ra, pro­fe­sa esa preo­cu­pa­ción. Ima­gi­na­mos hor­das de ro­bots que des­tru­yen pues­tos de tra­ba­jo, de­jan­do a mi­llo­nes de fa­mi­lias de cla­se me­dia sin tra­ba­jo ni in­gre­sos. Cál­men­se. A me­nos que adop­te­mos po­lí­ti­cas au­to­des­truc­ti­vas, ése es un desas­tre que evi­ta­re­mos.

Una de las co­sas por las que se des­ta­ca la eco­no­mía nor­te­ame­ri­ca­na es su ca­pa­ci­dad de crear pues­tos de tra­ba­jo. Qui­zás du­den de eso si es­cu­chan a Do­nald Trump y Hi­llary Clin­ton, quie­nes pro­me­ten per­so­nal­men­te crear mi­llo­nes de pues­tos bien re­mu­ne­ra­dos. Es un en­ga­ño. La abru­ma­do­ra ma­yo­ría de los pues­tos de tra­ba­jo son crea­dos por el mer­ca­do pri­va­do, no por el go­bierno ni por los po­lí­ti­cos.

Sí, hay re­ce­sio­nes. Dos de ellas en la épo­ca pos­te­rior a la Se­gun­da Gue­rra Mun­dial fue­ron bas­tan­te se­ve­ras (las de 1981-82 y 200709). Tu­vi­mos ni­ve­les de desempleo te­rri­bles. Pe­ro tar­de o tem­prano, la má­qui­na de crea­ción de pues­tos de tra­ba­jo se re­afir­ma.

En 2015, el em­pleo su­mó 149 mi­llo­nes, de 99 mi­llo­nes en 1980 y 137 mi­llo­nes en 2000.

¿Y los ro­bots? En ver­dad, no son un pro­ble­ma nue­vo. Siem­pre hu­bo nue­vas tec­no­lo­gías y pro­duc­tos que eli­mi­nan in­dus­trias y ocu­pa­cio­nes en­te­ras. Pe­ro los pues­tos per­di­dos y las in­dus­trias des­trui­das dan pa­so, con el co­rrer del tiem­po, a nue­vas in­dus­trias y tra­ba­jos.

Los au­to­mó­vi­les re­em­pla­za­ron a las ca­le­sas; los te­lé­fo­nos in­te­li­gen­tes es­tán re­em­pla­zan­do a las lí­neas te­rres­tres.

Los ro­bots son sim­ple­men­te el úl­ti­mo ca­pí­tu­lo en esa na­rra­ti­va. Se­gu­ro, al­gu­nos pues­tos de tra­ba­jo des­apa­re­ce­rán. Pe­ro otros se ma­te­ria­li­za­rán. A me­nu­do, los in­cre­men­tos ocu­rren tan si­len­cio­sa y len­ta­men­te que só­lo se no­tan cuan­do se con­vier­ten en una par­te im­por­tan­te de la fuer­za la­bo­ral.

Jus­to el otro día, la Ofi­ci­na de Cen­sos dio a co­no­cer un in­for­me so­bre los tra­ba­ja­do­res de la ‘tec­no­lo­gía de la in­for­ma­ción’, una ca­te­go­ría la­bo­ral que no exis­tía en 1970. Des­de en­ton­ces, sus nú­me­ros au­men­ta­ron 10 ve­ces, cre­cien­do de 450 mil a 4.6 mi­llo­nes. Son pues­tos bien re­mu­ne­ra­dos; la re­mu­ne­ra­ción me­dia en 2014 fue 80 mil 665 dó­la­res.

La mis­ma ló­gi­ca se apli­ca a los ro­bots. Al­guien de­be di­se­ñar­los, ven­der­los, man­te­ner­los y arre­glar­los. Esos in­di­vi­duos com­pran vi­vien­das, en­vían a sus hi­jos a la uni­ver­si­dad, to­man va­ca­cio­nes y tie­nen gas­tos de sa­lud. La eco­no­mía es un pro­ce­so cir­cu­lar, en que los cos­tos de un in­di­vi­duo re­pre­sen­tan el in­gre­so de otro. Si los ro­bots re­cor­tan gas­tos, los aho­rros irán a al­gún la­do –pre­cios más ba­jos, jor­na­les más al­tos, ga­nan­cias más ele­va­das o más in­ver­sio­nes de las em­pre­sas. To­do eso po­ten­cial­men­te au­men­ta la de­man­da.

Na­da de ello de­gra­da las pe­nu­rias –a ve­ces tra­ge­dias– de los tra­ba­ja­do­res que pier­den sus pues­tos a cau­sa de nue­vas tec­no­lo­gías y de com­pe­ti­do­res. Los tra­ba­ja­do­res cu­yas des­tre­zas y con­tac­tos se vuel­ven ob­so­le­tos en­fren­tan tiem­pos di­fí­ci­les. Pe­ro ése es un pro­ble­ma de lar­ga da­ta que ha re­sis­ti­do mu­chos es­fuer­zos por re­sol­ver­lo.

Hay dos pe­li­gros pa­ra el fu­tu­ro. Uno, es que los nue­vos pues­tos crea­dos por nue­vas tec­no­lo­gías re­quie­ren co­no­ci­mien­tos que es­ca­sean, lo que de­ja a los tra­ba­ja­do­res no es­pe­cia­li­za­dos sin in­gre­sos y a la eco­no­mía con es­ca­sez de ha­bi­li­da­des.

El se­gun­do pe­li­gro es que el Go­bierno da­ñe o des­tru­ya el pro­ce­so de crea­ción de pues­tos de tra­ba­jo.

Vi­vi­mos en un sis­te­ma eco­nó­mi­co que crea ga­nan­cias.

El prin­ci­pal pa­pel del Go­bierno es man­te­ner las con­di­cio­nes en las que con­tra­tar a em­plea­dos sea re­di­tua­ble.

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