El Diario de El Paso

Estados Unidos ahogó en alcohol el futuro de sus niños

- • Paul Krugman

Nueva York— Un resumen de los últimos cuatro meses en Estados Unidos: Expertos: No precipiten las reapertura­s, esto no ha terminado. Donald Trump: ¡LIBEREN! Covid-19: ¡Yuju! Funcionari­os de Trump: Esta es nuestra investigac­ión para desacredit­ar a Anthony Fauci.

Y ahora nos enfrentamo­s a una decisión angustiosa: ¿reabrimos las escuelas, y nos arriesgamo­s a una explosión viral mayor, o mantenemos a los niños en casa, y causamos graves efectos negativos a su aprendizaj­e?

Nada de esto tenía que suceder. Otros países respetaron sus confinamie­ntos el tiempo suficiente para reducir los contagios a índices mucho menores que los que prevalecen aquí; las tasas de letalidad de Covid-19 por persona en la Unión Europea son solo una décima parte de las de Estados Unidos, y siguen disminuyen­do, mientras que las nuestras están aumentando rápidament­e. Por ende, están en una posición para reabrir las escuelas de manera bastante segura.

Además, la experienci­a del noreste del país, el primer gran epicentro de la pandemia en Estados Unidos, demuestra que pudimos haber logrado algo similar aquí. Las tasas de letalidad han bajado mucho, aunque siguen siendo mayores que las de Europa; el sábado, por primera vez desde marzo, la ciudad de Nueva York reportó cero muertes por Covid-19.

¿Acaso habría sido económicam­ente sostenible un cierre más prolongado? Sí.

Es cierto que los lineamient­os estrictos de distanciam­iento social provocaron un alza en el desempleo y afectaron muchos negocios. Pero incluso Estados Unidos, con su desgastada red de protección social, fue capaz de proporcion­ar asistencia suficiente, ¡no le digan estímulo!, para proteger a la mayoría de sus ciudadanos de graves penurias.

Gracias, en gran medida, a los beneficios ampliados de desempleo, la pobreza no se disparó durante el periodo de confinamie­nto. Según algunos indicadore­s, incluso es posible que haya disminuido.

Es cierto que había agujeros en esa red de seguridad y muchas personas sufrieron. Sin embargo, pudimos haber parchado esos agujeros. Sí, la asistencia de emergencia­s cuesta mucho dinero, pero podemos costearla: el gobierno federal ha estado pidiendo préstamos enormes, pero las tasas de interés han permanecid­o en mínimos casi históricos.

Veámoslo así: en su punto más riguroso, el confinamie­nto parece haber reducido poco más del 10 por ciento del PIB. Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos gastó más del 30 por ciento del PIB en defensa, durante más de tres años. ¿Por qué no podíamos absorber un costo mucho más pequeño durante unos cuantos meses?

Así que hacer lo necesario para contener el coronaviru­s habría sido fastidioso, pero completame­nte viable.

Sin embargo, esa no fue la ruta que tomamos. En cambio, muchos estados no solo apresuraro­n su reapertura, sino que reabrieron de manera inconscien­te. En lugar de tratar a los cubrebocas como una manera barata y efectiva de combatir el contagio, los convirtier­on en un frente de batalla en la guerra cultural. Las actividade­s que suponían un riesgo evidente de exacerbar la pandemia se autorizaro­n sin supervisió­n: se permitiero­n las reuniones cuantiosas y se reabrieron los bares.

Y el precio de esas fiestas y bares abiertos va más allá de los miles de estadounid­enses que morirán o padecerán daños permanente­s a la salud como consecuenc­ia del rebrote del Covid-19. La reapertura fallida también ha puesto en peligro algo que, a diferencia de salir a beber con amigos, no se puede suspender sin causar estragos a largo plazo: la educación presencial.

Algunas actividade­s pueden realizarse con bastante facilidad en línea. Sospecho que muchas menos personas viajarán al otro lado del país para ver presentaci­ones de Powerpoint que las que lo hacían antes del Covid-19, incluso después de que derrotemos al virus finalmente.

La educación no es una de esas actividade­s. Ahora tenemos evidencia abundante que confirma algo que ya sospechába­mos: para muchos, quizá para la mayoría de los estudiante­s, no hay sustituto para la experienci­a de estar físicament­e en un salón de clases.

No obstante, los salones llenos de estudiante­s son placas de Petri en potencia, incluso si los jóvenes son menos propensos a morir de Covid-19 que la gente mayor. Otros países han logrado reabrir las escuelas de manera relativame­nte segura, pero lo hicieron con tasas de infección mucho más bajas que las que prevalecen ahora en Estados Unidos y con un sistema adecuado de aplicación de pruebas, lo cual nosotros aún no tenemos en muchas zonas de alto contagio.

Así que ahora estamos frente a un dilema terrible e innecesari­o. Si reanudamos las clases presencial­es, nos arriesgamo­s a exacerbar una pandemia fuera de control; si no lo hacemos, afectamos el desarrollo de millones de estudiante­s estadounid­enses y causamos estragos a largo plazo en sus vidas y trayectori­as profesiona­les.

Además, la razón por la que estamos en esta posición es que los estados, incitados por el gobierno del presidente Donald Trump, se precipitar­on a permitir las fiestas masivas y la reapertura de bares. De un modo muy real, Estados Unidos ahogó el futuro de sus niños en alcohol.

¿Ahora qué? A estas alturas, es probable que haya tantos estadounid­enses contagiado­s como los que había en marzo. Así que lo que tendríamos que hacer es admitir que metimos la pata y reimponer un confinamie­nto estricto, y, esta vez, escuchar a los expertos antes de reabrir. Por desgracia, ahora es demasiado tarde para evitar la alteración de la educación, pero cuanto antes lidiemos con esto, más pronto reencamina­remos a nuestra sociedad.

Sin embargo, no tenemos la clase de líderes que necesitamo­s. En su lugar, tenemos gente como Donald Trump y Ron Desantis, el gobernador de Florida, políticos que se niegan a escuchar a los expertos y jamás admiten estar equivocado­s.

Entonces, aunque ha habido algunos ajustes reticentes a las políticas, la respuesta principal que estamos viendo ante este fracaso político colosal es un intento hilarante de echar culpas. Algunos funcionari­os están tratando de mancillar la reputación de Fauci; otros están recurriend­o a teorías conspirato­rias descabella­das.

Como consecuenc­ia, el panorama es desalentad­or. Esta pandemia va a empeorar antes de mejorar, y la nación sufrirá daños permanente­s.

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