ROCÍO MU­ÑOZ

Su tien­da es un mu­seo de la his­to­ria in­dus­trial y ar­te­sa­nal de Es­pa­ña. Así de­fi­ne es­ta em­pren­de­do­ra se­vi­lla­na su pro­yec­to, de aro­ma cas­ti­zo.

ELLE Gourmet - - Objetos De Culto - REAL FÁ­BRI­CA

Gra­cias a Real Fá­bri­ca (real­fa­bri­ca.com), las tra­di­cio­na­les go­lon­dri­nas de ce­rá­mi­ca vuel­ven a ani­dar en los bal­co­nes, las va­ji­llas de pel­tre –ace­ro vi­trif­ca­do– ale­gran de nue­vo las ala­ce­nas y el Agua de Azahar de Lu­ca de Te­na ade­re­za otra vez los gin-to­nics.

Tras es­tas ha­za­ñas (la de pre­ser­var los pro­duc­tos es­pa­ño­les de to­da la vi­da a pun­to de des­apa­re­cer y la de lu­char por su ri­que­za ar­te­sa­nal) se en­cuen­tra Rocío Mu­ñoz, una se­vi­lla­na que, un buen día, ha­ce seis años, de­jó su pues­to en una mul­ti­na­cio­nal, se subió a su Po­lo gris y se de­di­có a re­co­rrer el país con el fn de re­va­lo­ri­zar aque­llos ar­tícu­los que el con­su­mi­dor ha­bía aban­do­na­do mien­tras co­rría en pos de la mo­der­ni­dad.

A quien no os co­no­ce, ¿có­mo le ex­pli­cas qué es Real Fá­bri­ca?

Una tien­da, que em­pe­zó online y aho­ra cuen­ta con se­de fí­si­ca (en Cervantes, 9, Madrid), de mar­cas es­pa­ño­las con his­to­ria. Son cen­te­na­rias y, a la vez, tan co­ti­dia­nas que cons­ti­tu­yen te­so­ros que no po­de­mos de­jar des­va­ne­cer­se.

Y te­néis un nom­bre muy ro­mán­ti­co.

Es un ho­me­na­je a las ma­nu­fac­tu­ras crea­das en el si­glo XVIII por los Bor­bo­nes: la Real Fá­bri­ca de Ta­pi­ces, la de Re­lo­jes, la de Pa­ños... Fac­to­rías que ela­bo­ra­ban ob­je­tos sun­tuo­sos pa­ra la aris­to­cra­cia de la épo­ca. Aho­ra el lu­jo es de­fen­der a ul­tran­za la ar­te­sa­nía local y los of­cios en pe­li­gro de ex­tin­ción.

¿Có­mo sur­gió la idea?

Cuan­do me pa­sa­ba el día de país en país, com­pro­bé que, mien­tras en las ca­pi­ta­les más cos­mo­po­li­tas del mun­do (Nue­va York, To­kio, Londres...), los pro­duc­tos au­tóc­to­nos y con iden­ti­dad eran muy va­lo­ra­dos, aquí los es­tá­ba­mos de­jan­do perderse. Así que aquel via­je en mi co­che res­pon­día a dos co­sas: a una in­ves­ti­ga­ción aca­dé­mi­ca so­bre el co­mer­cio en Es­pa­ña y a pen­sar có­mo evi­tar esas muer­tes anun­cia­das. El fn del pro­yec­to es la re­cu­pe­ra­ción y la con­ser­va­ción de nues­tros ar­tícu­los tra­di­cio­na­les. Cuan­do des­apa­re­ce un ar­te­sano, es un pe­que­ño fra­ca­so pa­ra no­so­tros. Nos due­le.

Tam­bién ha­brá al­gu­na ale­gría...

¡Cla­ro! Lle­ga cuan­do te en­te­ras de que una mar­ca que lle­va­ba 70 años sin fun­cio­nar la co­gen los ta­ta­ra­nie­tos y la re­cu­pe­ran. Co­mo su­ce­dió con la cho­co­la­te­ra Matías Ló­pez.

¿Có­mo es­co­ges las pie­zas que ven­déis?

Por su his­to­ria o la de la frma, por la pa­sión que le po­ne ca­da fa­mi­lia que nos ha abier­to sus puer­tas y nues­tro tra­to con ellas... Las 450 que es­tán en la tien­da las he se­lec­cio­na­do yo per­so­nal­men­te, en­tre un to­tal de más de 3.000 que lo­ca­li­cé en la pri­me­ra re­me­sa.

Vues­tro em­ble­ma es un bu­rro: ¿por qué?

Por ser un ani­mal cons­tan­te, tra­ba­ja­dor y te­naz. Co­mo nues­tras em­pre­sas con pa­sa­do, vi­gen­tes des­pués de dé­ca­das.

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