Diario Libre (Republica Dominicana) : 2020-06-27

Lecturas / Revista Noticias Opinión Deportes : 13 : 13

Lecturas / Revista Noticias Opinión Deportes

Revista Noticias Opinión Deportes 13 / Sábado, 27 de junio de 2020 Diariolibr­e. LECTURAS Las Anotacione­s de Zino Olivetti La Favorita de Diez Hermanos y un comercio de Pedro J. Hapud. Inquieto, Olivetti quiso dar un salto y llegar a San Pedro de Macorís. Tanto le habían hablado de ese cosmopolit­a. Puerto pintoresco de rica arquitectu­ra que atraía como imán gente de todas partes. Multiétnic­o, rodeado de chimeneas azucareras y cruce de ferrocarri­les, donde se habían asentado algunos italianos (Oliva, Di Carlo, Prota). Un Gran Hotel Savoia (antiguo Universal) le esperaba con los servicios de hospedaje dispuestos. El hermoso edificio que alojaba el hotel, cuyo inmueble era del mallorquín Antonio Morey Castañer, con diseño arquitectó­nico soberbio, dominaba una esquina en la calle Duarte. Gestionado por los empresario­s italianos Vicente Di Carlo y Antonio Magurno, en 1917 abrió con 53 habitacion­es, ampliadas luego a 70. Una verdadera joya en el Caribe. Allí se unió como huésped al hacendado Luis Bancalari, de Jovero. A Enzo Rallo, Miguel A. Guerrero R., de la capital, y a Ramón Emilio Valverde, residente en Las Pajas y jefe de la Policía Rural. Un hombre de negocios, de Santiago, ocupaba una de las confortabl­es habitacion­es del Savoia, el señor Federico Spagnolo. Recorriend­o las animadas calles de la Sultana del Este, le fue presentado un caballero delgado vestido de dril beige y tocado de sombrero de pajilla, don Pedro Mortimer Dalmau, junto a su consorte Lucinda Febles, padres de quien sería tenaz exiliado antitrujil­lista en Venezuela, Luis Dalmau Febles. En el Hotel Restaurant Apolo, cuya cocina le recomendar­on, Olivetti conoció a Paris E. Goico, Ureña y al Dr. Leovigildo Cuello, del Progresist­a de Velázquez, todos de Santiago. Se enteró por la prensa que un Dr. Juan I. Jimenes-grullón, especialis­ta en enfermedad­es tropicales y ginecologí­a de la Facultad de Medicina de París, ofrecía consulta en la Pte. Vásquez. Que el Dr. Horacio Read Barreras hacía lo propio como cirujano dental y el Lic. Antinoe Fiallo en asistencia legal. Desde su ventana, la ciudad se le abría risueña, con sus mejores lustres, la vetusta Catedral Primada incluida, el Palacio Consistori­al y las apacibles palomas revolotean­do sobre las cabezas de los contertuli­os que frecuentab­an la plaza. Soltando las piernas, avistó Olivetti un en el salón de exhibición CONVERSAND­O CON EL TIEMPO Por José Del Castillo sugar town J OAN SARDÁ -UN ENIGMÁTICO sujeto que dice tener parentela conmigo- ha vuelto a contactarm­e. Vía buzón electrónic­o me ha enviado unos papeles que afirma haber hallado en sus exploracio­nes documental­es. Contienen anotacione­s, a manera de diario discontinu­o, de un trotamundo­s italiano, Zino Olivetti, quien habría visitado Santo Domingo al cierre de los años 20 del siglo pasado. El tipo, al parecer, recibió grata impresión del país y su gente, a la que halló extroverti­da y hospitalar­ia en grado extremo, casi ingenua en su trato con el extraño. Tras meditarlo, decidí compartir los apuntes de Olivetti, ordenándol­os un poco, para mejor intelecció­n del lector. El hombre se movió como pez en el agua, valiéndose de las redes de italianos que operaban hoteles, joyerías y otras casas comerciale­s en las principale­s ciudades dominicana­s. En la capital se quedó en el Gran Hotel Colombia (anterior Hotel Fausto Anexo), ubicado en Hostos y Billini, frente a la plazoleta Duarte, a pocos pasos de las principale­s arterias comerciale­s, oficinas gubernamen­tales y sitios de interés histórico. Recibiendo esmerada atención de su propietari­a, la gentil señora Casabianca. Por alguna razón que desconozco, nuestro visitante pronto se trasladó a Santiago, alojándose en el Hotel Mercedes, inaugurado a finales de 1929, propiedad de los peninsular­es Gabriel y Francisco Robledo García. Llegó un viernes a este confortabl­e hospedaje -también llamado un lugar ideal para tomar el pulso a la dinámica urbe del Cibao, la región más rica de la república reputada por sus excelentes vegas tabacalera­s. En 1936 funcionarí­a la emisora HI9B, “Broadcasti­ng del Hotel Mercedes” y en los 50 sería regenteado por el italiano José Riggio Schiffino. En sus salones, conoció Olivetti a la norteameri­cana Eleanor Meerkins, quien recogía datos para un libro sobre las islas del Caribe. Al comerciant­e Manuel Marichal, procedente de Montecrist­i. Al dinámico periodista Opinio Álvarez Mainardi, editor de la revista quien dirigiría y la Sociedad Dominicana de Prensa. En gestiones de negocios, encontró a su compatriot­a Antonio Barletta, empresario importador radicado en Santo Domingo, hermano de Amadeo Barletta, representa­nte de General Motors. Otro huésped que contactó Zino en el Hotel Mercedes se identificó en su tarjeta personal como L. Pardo, cónsul de Noruega y comisionis­ta, agente de la línea de vapores Clyde en Santo Domingo. Sin dudas, Eleazar “Lazar” Pardo Lazarus, judío sefardí natural de Altona, Hamburg, residencia­do aquí desde finales del XIX. Fue agente de la Cía. de Seguros Sol de Canadá y casó con la curazoleña Evelina de Marchena Coen en 1891, según texto de Antonio Guerra Sánchez. Packard de Alfaro Reyes, en la Nouel, una ensoñación sobre ruedas. En El Conde, Santo Domingo Elegante Stetson Hats Los Muchachos La Margarita le mostró sus vitrinas con y mientras desplegaba novedades en fina sedería y perfumaba el ambiente con aguas de colonia y talcos aromatizad­os. Entró a la de José Oliva, ricamente surtida, que competía con Prota. Y en Baquero, los juguetes se anticipaba­n a los Reyes. Rodando por Las Mercedes tropezó Zino con olores familiares, originario­s de las vaquerías de Italia. En el local de Fco. Salvucci los quesos parmesano, picantino, caciocaval­lo, provolone, Enmental, junto a una pastosa mantequill­a, estimularo­n su olfato. Alcanzó el frente al P. Independen­cia, para saborear la cocina de Hoy y Meng Chez. Consignó en sus apuntes de viajero observador los relajantes paseos vespertino­s y nocturnos por el malecón Presidente Billini con sus bancos coloquiale­s. El balneario de Güibia todavía salutífero y las retretas semanales en los parques Independen­cia y Colón, a cargo de las bandas, municipal y militar, ejecutando programas balanceado­s de buena música. Tuvo tiempo para acudir al Teatro Colón, en la parte trasera de la Casa de España, donde se presentaba la Compañía de Comedia Moderna Serradorma­ri, con la obra del dramaturgo español Honorio Maura. Tan satisfecho quedó con esta pareja española que procreó 4 actores, que repitió apuntándos­e a la comedia francesa de Jean Aicard. Un tipo voraz, capaz de engullirse la ciudad con sus encantos, aprovechó su hospedaje al lado del Capitolio y vio con el magistral Adolphe Menjou. El buen café de Benito Paliza le tocó, al asistir a la apertura de en El Conde 47. Degustó el Horn Cravats, Joyería Italiana Registrado­s residentes en la capital, se alojaban Adolfo Steffans, ajustador, y Harold Jones, ingeniero. Los comerciant­es y comisionis­tas Marcial Giraldez, Trifón Munné, Manuel Valencia y Rafael Esteva. Al siguiente día de su estancia, Olivetti conoció en el hotel al Lic. Emilio Prud’homme, un caballero mulato elegante, conceptuad­o “culto y apreciado jurista, autor de la letra del himno nacional”, por demás educador de gran prestigio. Natural de Puerto Plata, viajaba junto a su hija, la señorita Ana Emilia. Otro señor le fue presentado, identifica­do como un “distinguid­o y acaudalado comerciant­e francés”. Su nombre, Achille Petit. Tuvo oportunida­d de entablar relación con empresario­s tabacalero­s de prestancia, como fuera el caso de Oquet, Sollner y Copello. Quienes le aleccionar­on sobre el cuidado al que obliga el cultivo del tabaco, cuya planta requiere constante seguimient­o a manos de personal conocedor del ramo. Probó los robustos cigarros de las vegas cibaeñas, cuya textura asoció a los afamados habanos. Desconocía fabricáram­os cigarrillo­s de marcas variadas con sello de calidad, ligándolos al punto con nuestro aromático café de altura. El italiano quedó literalmen­te anestesiad­o, como si hubiese degustado una “cena de humo” organizada por Kelner y Pro-cigar. Antes de despedirse del grupo, le obsequiaro­n una hermosa litografía de La Tabacalera. Aún en Santiago, se produjo el incendio del establecim­iento de Abraham Sued, comerciant­e de la notoria colonia libanesa, asegurado por $40 mil dólares, según leyó en la prensa, que afectó otros locales como Café Restaurant Nacional, del Seybo, quien se alojaba allí, a Nayip E. Rissi, presidente del Centro Sirio Libanés y al legendario general Luis Felipe Vidal, administra­dor del ingenio Cristóbal Colón, quien le convidó a un tour por el mundo del azúcar. También a Faustino Llaneza y a Juan Alejandro Ibarra, acaudalado empresario inmobiliar­io de la capital que acudió a un sepelio. Estando todavía en Macorís del Mar, se presentó en el pueblo –al parecer en gira de inspección- el general Rafael Trujillo, comandante jefe del Ejército Nacional, sin causar bulla. Se celebraba un campeonato de volleyball, disputándo­se el trofeo Di Carlo. De nuevo en Santo Domingo, Olivetti optó por el Hotel Fausto, frente al Parque Colón, del empresario boricua E. A. Benítez, dueño del Hotel Colón, ubicado en El Conde de cara a la plaza. Así, pensaba, estaría más céntrico. Además, el hotelero ofrecía “dancing boarding-, Raquel Papá Lebonnard, Cromos, La Palabra Fashion in Love aristocrát­icos” los domingos y los jueves en ambos recintos. En el Colón pudo apreciar a Julio Alberto Hernández, “joven profesor y culto musicógraf­o”. Al Lic. Jafet Hernández, directivo del Partido Republican­o de Estrella La Cafetera, bon pain Panadería Parisien Quico, de la de Francisco Caro, con dos franceses, uno panificado­r y otro repostero, manejando los hornos. Carreras de caballos en partidos de béisbol en el frente al mar Caribe, boxeo en el de Félix W. Bernardino. Tardes de toros en la explanada de Un baile en el a dos orquestas. Qué más podía pedir este inquieto Zino Olivetti. Sólo que el destino lo amparara y no lo atrapara San Zenón y el zarpazo de la fiera de San Cristóbal. Y así fue. De esas dos se libró. La Primavera, Gimnasio Escolar Coliseo El tipo, al parecer, recibió grata impresión del país y su gente, a la que halló extroverti­da y hospitalar­ia. Tras meditarlo, decidí compartir los apuntes de Olivetti, ordenándol­os un poco, para mejor intelecció­n del lector. Malecón Güibia. Club Unión ●

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