La Vanguardia - Culturas : 2019-08-10

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gust Sander, dedicado a levantar acta de la sociedad alemana de la época y que inmortaliz­ó a muchos de estos artistas. En las noches berlinesas reinaba el cabaret: Anita Berber escandaliz­aba bailando desnuda hasta que falleció por sus excesos y la tuberculos­is con sólo 29 años; Friedrich Hollaender componía canciones (pasaría a la posteridad por que cantaba Marlene Dietrich en y la rimbombant­e Josephine Baker, procedente de París, se paseó frente al hotel Adlon en una calesa tirada por un avestruz, que murió de estrés tras las fotos. Del cabaret y de la influencia del jazz americano surgieron las canciones de Kurt Weill –interpreta­das de forma insuperabl­e por su esposa Lotte Lenya– que sonaron en algunas de las mejores obras de Brecht: y formó con un óculo abierto el espacio interior del edificio de la Nueva Guardia de Schinkel que alberga la conmovedor­a de Käthe Kollwitz), el también diseñador Peter Behrens, el también urbanista Bruno Taut y sobre todo Erich Mendelsohn, cuyas sensuales curvas se oponían a los austeros ángulos rectos que impondrían la Bauhaus y el francés Le Corbusier. Ahora que se celebran varios aniversari­os –constituci­ón de Weimar, fundación de la Bauhaus, asesinato de Rosa Luxemburgo– coinciden en las librerías diversos títulos sobre este periodo, entre los que destacan la nueva edición del imprescind­ible de Eric Weitz y también estupendo compendio cultural de Francisco Uzcanga. Por su parte, de Wolfram Eilenberge­r, se centra en la filosofía en lengua alemana en ese periodo y la aventura intelectua­l de cuatro titanes: tres alemanes –Heidegger, Cassirer y Benjamin– y un austriaco –Wittgenste­in–, cuyas aportacion­es son cruciales para el desarrollo de la filosofía contemporá­nea. De los tres filósofos alemanes, uno, Heidegger, se dejó seducir por el nazismo, y los otros dos tuvieron que emprender el camino del exilio, en el caso de Benjamin con un final trágico, mientras que Cassirer acabó en Estados Unidos. Ese fue el destino de la gran mayoría de intelectua­les y artistas que huyeron de Alemania a partir de 1933 y contribuye­ron de manera notoria al salto adelante de la cultura americana de la posguerra, con la emergencia de Nueva York como nueva capital cultural mundial: escritores como Thomas y Heinrich Mann y Erich Maria Remarque (autor del bestseller internacio­nal músicos como Weill (que trabajó en Broadway y cuyos temas acabaron incorporad­os al hombres de teatro como Reinhardt, cineastas como Lubitsch, Fritz Lang y Edgar G. Ullmer, arquitecto­s como Gropius, Mies van der Rohe y Mendelsohn, artistas como Grosz y Josef Albers (vinculado con la Bauhaus y que en Estados Unidos sería director de los programas de educación artística del mítico Black Mountain College, donde se formó la plana mayor de la vanguardia neoyorquin­a de la posguerra). Algunos, como Brecht y el músico Hanns Eisler, tuvieron que marcharse cuando se desató la persecució­n mccarthist­a a la supuesta infiltraci­ón comunista y ambos acabaron instalados en la recién creada RDA. Otros exiliados corrieron peor suerte, como Herwarth Walden, promotor de las vanguardia­s berlinesas a través de su revista y su galería de arte, que optó por huir a la Unión Soviética y murió en el campo de Saratov, doble víctima del nazismo y el estalinism­o. > Pietá Falling in love again El ángel azul), La Alemania de El Weimar café sobre el volcán, Tiempo de La ópera de los tres reales Auge y caída de la ciudad de Mahagonny. magos, El teatro vivió momentos esplendoro­sos de la mano del austriaco Max Reinhardt, director y empresario, pionero de casi todo y mentor de una larga lista de actores y futuros cineastas, que exploró las piezas de cámara y también las de Con el nazismo, artistas e intelectua­les fueron al exilio americano, donde contribuye­ron a la cultura de posguerra gran formato en la espectacul­ar Grosse Schauspiel­haus, un antiguo circo cuyo interior rehizo con estilo expresioni­sta el arquitecto Hans Poelzig. Otro arquitecto, Walter Gropius, ideó un –que no pasó de la fase de maqueta– para el otro gran renovador escénico de la época, Erwin Piscator, que creía en la revolución social y estética, incorporó imágenes filmadas al escenario, llevó a los actores a las fábricas y las calles, y apostó por un teatro político –él lo llamó que influyó en el desarrollo del distanciam­iento brechtiano. Y en el ámbito escénico hay que mencionar la danza expresioni­sta de Mary Wigman (germen, a partir de su gira americana a principios de los años treinta, de la danza vanguardis­ta de Martha Graham en Estados Unidos). El mencionado Walter Gropius fue el primer director de la Bauhaus, fundada en 1919 en Weimar, trasladada en 1924 a Dessau y cuyo último director sería Mies van der Rohe hasta que la clausuraro­n los nazis en 1933. Pero la arquitectu­ra alemana del periodo va mucho más allá de esta famosa escuela. Fuera de su ámbito de influencia hay que destacar otras figuras como Heinrich Tessenow (que en 1931 trans- Sin novedad en el frente), teatro total Great American Songbook), teatro épico– Der Sturm |

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