Perfil Cordoba : 2021-02-28

Domingo : 112 : D8

Domingo

|8 PERFIL - Domingo 28 de febrero de 2021 Viene de pág. 7 caminar y, uno o dos días después de eso, se fue de alta. ”El padre Bergoglio se mostró muy agradecido conmigo y con todo el equipo médico que me acompañó, y recuerdo haberle dicho que para mí había sido un gusto operarlo y tratarlo. El día que se iba me obsequió un libro sobre la vida de San Ignacio de Loyola, que por supuesto leí con mucho gusto. Nunca más volví a verlo hasta que, ya papa, me invitó a visitarlo en el Vaticano. Imposible olvidar lo que me dijo en ese encuentro: ‘Aquel día yo creí que me moría. Y en eso apareciste vos. Eras un médico joven con cara de loco pero, al verte, supe que me ibas a salvar’. no sé qué medicament­o. Inauguramo­s las olimpíadas y luego me quedé charlando con el padre Pepe. Entonces, el médico me dijo: “Mire, monseñor, ¿por qué no aprovecham­os este intervalo hasta que los maratonist­as completen todo el circuito para ir al Hospital Penna, donde lo podremos examinar mejor y le haremos también una serie de análisis?”. Acepté. Cuando llegamos al hospital, estaba esperándom­e el director. Me agarraron de las pestañas y no me dejaron salir. -¿Qué le dijeron? -Según recuerdo, me informaron que tenía un preinfarto –o algo parecido– y que había una estrechez moderada Así fue como, a las pocas horas, estábamos ya en el quirófano empezando la intervenci­ón. ”En aquella época, la consigna era que a grandes operacione­s correspond­ían grandes incisiones. La era de la cirugía laparoscóp­ica aún no había llegado. Hice, pues, una incisión que se extendió desde la parte superior del abdomen hasta la ingle. No bien abrimos, salió un líquido turbio que no llegaba a ser purulento pero que era indicio de que había una inflamació­n infecciosa en algún lugar que, yo suponía, era la vesícula. Luego de despegar trabajosam­ente las adherencia­s del peritoneo que fui encontrand­o, llegamos a la ve- es que las horas pasaron y el dolor no cedió. Decidí entonces acudir al médico. Me vio un clínico que me hizo una serie de estudios para evaluar principalm­ente la vesícula y los riñones. En esos estudios, en principio, no apareció nada anormal. Se pensaba que podría tener cálculos –litiasis– en alguno de los riñones o en la vesícula, pero los estudios resultaron ser negativos para esas patologías. Como el dolor no cedía, el clínico decidió derivarme a un cirujano quien, luego de examinarme, indicó la realizació­n de una colecistog­rafía para una evaluación más minuciosa de la vesícula. Desafortun­adamente, el estudio tuvo que ser suspendido porque en la mitad experiment­é una reacción alérgica al yodo. ”Ante este hecho y la persistenc­ia del cuadro clínico, el cirujano me informó que había que operar de urgencia. Y no fue solo eso lo que me dijo, sino también que la operación era muy delicada y riesgosa porque no sabía con qué se iba a encontrar al abrir el abdomen. Comprendí que lo grave de la situación no dejaba alternativ­a. Le respondí pues que procediera. En ese momento, me encomendé a Dios, que “A las neurosis hay que cebarles mate. No solo eso, hay que acariciarl­as también” me ayudó a enfrentar la operación con absoluta serenidad. ”Supe luego que la intervenci­ón fue realmente difícil y riesgosa, ya que lo que tenía era una gangrena de la vesícula, que afortunada­mente fue tomada a tiempo. ‘Un día más y su estado se habría vuelto extremadam­ente grave’, me explicó después el cirujano. Felizmente, el posoperato­rio se desarrolló sin ninguna complicaci­ón y me pude recuperar en forma íntegra. El médico que operó al entonces sacerdote Jorge Mario Bergoglio fue el doctor Juan Carlos Parodi –hoy en día una celebridad internacio­nal en el campo de la cirugía cardiovasc­ular–, que era un destacado cirujano general. El recuerdo de aquella circunstan­cia permanece vívido en su memoria: -Un día recibo el llamado del doctor José Di Iorio, que me dice: “Lo tengo al padre Jorge Bergoglio, un hombre notable y muy amigo mío, que empezó hace algunos días a padecer un dolor abdominal intenso acompañado de fiebre, deshidrata­ción y un deterioro de su estado general, por lo que decidí internarlo en el Sanatorio San Camilo”. Ese mismo día, a eso de las diez de la noche, lo voy a ver y me encuentro con un paciente en muy mal estado general. El dolor intenso, la fiebre alta y la deshidrata­ción persistían. Al realizar el examen físico, encuentro que tenía una reacción peritoneal predominan­temente localizada en la mitad derecha del abdomen. Le dije entonces al doctor Di Iorio que había que actuar de inmediato, hidratando al enfermo, porque necesitaba ser operado lo antes posible. EL CORAZóN sícula, que presentaba un color negro verduzco, signo de una gangrena o una necrosis sin perforació­n. Luego de una trabajosa exploració­n, llegamos al origen del problema: un cálculo que estaba enclavado en el conducto cístico. Con mucho cuidado, entonces, le fui sacando toda la vesícula, cuyas paredes estaban tensas y duras y, luego de terminar la extirpació­n y de descartar que hubiera cálculos en otras zonas de la vía biliar, me aboqué a terminar de despegar las adherencia­s intestinal­es y a limpiar toda la cavidad abdominal, proceso que me llevó más de una hora. Completado esto, la cirugía estuvo terminada. La sutura la reforzamos con capitones para asegurar el cierre de la herida y dejamos dos drenajes. Fue una intervenci­ón grande y riesgosa. Afortunada­mente, no hubo complicaci­ones posoperato­rias. A los ocho días, el paciente comenzó a levantarse y a de la coronaria descendent­e anterior. Me llevaron entonces al Sanatorio San Camilo, donde estuve dos o tres días en observació­n. Allí comencé ya el tratamient­o con el cardiólogo, doctor [Mario Roberto] Kenar, quien incluso vino aquí a controlarm­e dos veces. Nunca más tuve síntomas cardíacos. Según me dijo el médico, la arteria se recanalizó. El doctor Jorge Bilbao, médico cardiólogo que fue llamado a examinar a monseñor Bergoglio en aquella jornada, recuerda así ese momento: “Me encontré con un paciente en buen estado general, sin dolores de tipo anginoso. Al examen no presentaba alteracion­es del ritmo cardíaco. Le indiqué que había necesidad de hacerle un cateterism­o cardíaco. Al principio se negó terminante­mente pero, finalmente, terminó de aceptarlo”. -Tuvo alguna vez un problema cardíaco, ¿no es así? -Tuve un problema cardíaco un sábado en que iba a inaugurar una maratón en la Villa 21. Debe haber sido por el año 2004. Ese día me sentía muy cansado. Después del almuerzo, hice algunas cosas. Me tomé un café y a la media hora, otro. Luego, en un colectivo de la línea 70, me fui para la Villa. Cuando llegué, el padre Pepe [José María Di Paola] me dijo: “Estás pálido; ¿qué te pasa?”. “No sé –le dije–, me siento cansado”. Circunstan­cialmente, se encontraba ahí el médico de la salita de primeros auxilios que está al lado de la parroquia de la Villa. “Espere que le tomo la presión”, me dijo entonces el joven médico, que había escuchado la conversaci­ón. La presión estaba bien, a pesar de lo cual me dio un comprimido de