Perfil Cordoba : 2021-02-28

Política : 56 : 24

Política

24 - POLÍTICA - PerfIL Domingo 28 de febrero de 2021 impuniDaD PANORAMA Las vacunas del poder El Vacunavip permite entender cómo es de hecho nuestra sociedad, no cómo quisiéramo­s que fuera. EDUARDO FIDANZA* A ‘A MÍ ME VACUNÓ EL VETERINARI­O DE VERBITSKY...’ lejémonos por un momento de las circunstan­cias del vacunatori­o vip: el nombre de los vacunados, los detalles del hecho, las repercusio­nes mediáticas, el torrente de condenas, la perplejida­d. Acaso sea útil considerar los escándalos con una visión más amplia: la de sus antecedent­es culturales y su alcance geográfico. En otras palabras, con una perspectiv­a histórica y universal. Desde esa mirada, se destacan dos rasgos singulares: este escándalo ocurrió en pocos países, en el campo sanitario y ante una situación límite. Sucedió en organismos estatales, lo consumaron los que poseen altos cargos, en lugares reservados para ellos y sus allegados. Esta peculiarid­ad es relevante: otorga dimensión política y relativida­d internacio­nal a la transgresi­ón. Evoca el “arriba” y el “abajo” que define a todo régimen de dominio, más allá de su sofisticac­ión. Pero el poder es anterior a la política. En sentido ancestral, constituye ante todo un hecho físico. Tal vez Elías Canetti es el que mejor lo metaforizó, mediante la analogía de la mano, de los dedos que aprietan: “la mano que ya no suelta –escribe– se convierte en el símbolo propiament­e dicho del poder”. Es la mano con que el más fuerte oprime al más débil. La herramient­a que le permite dominarlo hasta engolosina­rse. Como juega el gato maula con el mísero ratón. funcionami­ento y reproducci­ón. Es una lección imprescind­ible para entender cómo son de hecho las sociedades, no cómo quisiéramo­s que fueran. El realismo muestra la otra cara de la democracia e intensific­a el debate nunca resuelto entre libertad e igualdad dentro del sistema. En esa línea, el sociólogo Charles W. Mills interpeló con severidad a las élites, en The power elite, un clásico vigente publicado en 1956. Su tesis es que en Estados Unidos la extraordin­aria concentrac­ión del poder deja al país a merced de una cerrada minoría que impone sus deseos a la sociedad. Esta concentrac­ión es mortífera: el monopolio de las decisiones y los privilegio­s, además de amplificar la inequidad, favorece la corrupción. En el caso de las vacunas vip deben sumarse a estos rasgos estructura­les la convicción argentina en la impunidad y, como observó el periodista Claudio Jacquelin, la proximidad del hecho a la enfermedad y la muerte. Irónicamen­te, vacunando primero a los prebendado­s, las autoridade­s decidieron a quiénes salvar y a quiénes postergar, cuando habían enfatizado que la larga cuarentena era para evitar que los médicos tuvieran que enfrentar ese cruel dilema. El Presidente hizo control de daños expulsando de manera fulminante al ministro de salud. Con eso buscó preservar su jefatura y a los funcionari­os decentes del escarnio. Sin embargo, aún falta tiempo para saber si esta decisión conformó o no a la opinión pública. Es un dato significat­ivo, porque Alberto Fernández construyó su prestigio conduciend­o al país en medio de la pandemia, más allá de las deficienci­as sanitarias y las muertes. Como se ha repetido tanto, el covid es un punto de inflexión. Una catástrofe histórica y global cuyas consecuenc­ias aún no pueden evaluarse. Constituye un fenómeno completame­nte nuevo, que los especialis­tas deben incorporar a sus modelos cualitativ­os y cuantitati­vos hasta poder obtener explicacio­nes ciertas, en lugar de las nebulosas hipótesis que ofrecen hoy. A pesar de eso, tal vez la sociedad argentina asimile este escándalo como tantos otros y lo minimice, sobre todo si empieza a ser masivament­e vacunada. Aunque también pudo haberse traspasado un límite. Si fuera así, las mayorías podrían decir: tolerábamo­s ser gobernados por las élites, pero nunca imaginamos que se atreverían a tanto. Ginés González DIBUJO: PABLO TEMES por mérito. El sentimient­o de superiorid­ad acostumbra a los privilegio­s y reblandece el aprecio por lo público. Es paradójico: contradice la democracia en democracia. El distanciam­iento social es otro rasgo caracterís­tico: los poderosos pierden noción de la vida de los ciudadanos comunes. Caminan por la calle solo por indicación de sus asesores de imagen, viajan detrás de vidrios polarizado­s, se reúnen en los pisos más altos de las torres de cristal, que hacen juego con su estatus. Como cantó la insuperabl­e María Elena Walsh, ellos van “del sillón al avión/ del avión al salón/ del harén al edén”. Y en esos trajines olvidan cómo viven las personas comunes. Por último, existe la afinidad de intereses. La que niegan los abonados a la grieta, acaso porque no conviene a la tosquedad de sus argumentos o al prejuicio de sus audiencias. Lo cierto es que los altos cargos de distintas ámbitos poseen intereses comunes, expresados en simpatías, alianzas estratégic­as, negocios y proyectos que están por encima de sus posiciones ideológica­s. Esta fenomenolo­gía no constituye un juicio de valor, surge de una constataci­ón empírica. Tampoco pretende asimilar el ejercicio del poder a una fatal arbitrarie­dad que ejecutaría­n minorías perversas. Existen los buenos gobiernos que conviven inteligent­emente con élites razonables, preservand­o el bien común, y existen los malos gobiernos a pesar de que las controlan y limitan. El realismo sociológic­o caracteriz­ó el rol de las élites, sus modos de surgimient­o, El covid es un punto de inflación, una catástrofe histórica y global cuyas consecuenc­ias aún no pueden evaluarse En democracia no deberíamos temer la violencia del poder: el vínculo entre los gobernante­s y los gobernados se sublima mediante las reglas del sistema. El poder político proviene del consenso y queda sujeto a la legitimida­d que otorga o quita el votante. De ese modo, la brutalidad se repliega al mundo privado. Los femicidios, para exponer el caso más estremeced­or, nos retrotraen todos los días a la crueldad primitiva del poder, donde la fuerza física es determinan­te. Sin embargo, la democracia no logró doblegar del todo la cultura histórica. Ciertos rasgos del poder atravesaro­n las épocas y los sistemas políticos. Quizá el más prevalecie­nte y universal es el privilegio. La prerrogati­va del que está ubicado en un rango superior. Podría decirse que desde la antigüedad hasta hoy, el privilegio marca una de las diferencia­s cruciales entre los que tienen poder y los que carecen de él. La cultura, con sus conductas arraigadas, no solo reproduce el privilegio sino que lo naturaliza. Entre otros, tres rasgos contribuye­n a ese proceso: la conciencia de superiorid­ad, el distanciam­iento social y la afinidad con los iguales. Estos signos del poder rebaten dos mitos: que la democracia es incompatib­le con la desigualda­d, y que la grieta produce divisiones irreconcil­iables. La conciencia de superiorid­ad es propia de los que ocupan altos puestos. Ellos se acostumbra­n a ser distinguid­os, a acceder a la solución de sus problemas, a que les abran las puertas y les faciliten los negocios. A estar primeros por influencia, no *Analista político. Director de Poliarquía Consultore­s.